«The Defenders»

La moraleja de superhéroes sin capa

«The Defenders» se estrena este 18 de agosto en Netflix

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Más que acción, «The Defenders» quiere demostrar que un superhéroe es primero persona y después héroe. Más centrada, demasiado si cabe, en la faceta personal de cada uno de los protagonistas, la nueva serie de Netflix encuentra en la marcada personalidad de los antihéroes protagonistas la excusa perfecta para crear una nueva receta a partir de ingredientes ya utilizados. Mantiene de forma impecable el tono de las ficciones individuales de cada uno de los personajes principales, con un perfecto ensamblaje que conserva el color e identidad de cada una de las ficciones matrices. Y esto, mantener la esencia y humor particulares, era el reto más difícil.

Se enmaraña, sin embargo, cuando los protagonistas emprenden la sociedad común y se fuerza la máquina para mostrar los nexos en común de cada historia individual. Como si el caótico mundo de Jessica Jones y el inmaculado y orgánico universo de Iron Fist; el cercano y protector de Luke Cage y el sombrío, triste y justo del ciego de Daredevil, no diesen suficiente de sí por sí solos. Más que insuflar aire fresco y un halo de nostalgia para conectar «The Defenders» con el universo individual ya conocido, recurrir vínculos tan triviales como innecesarios como la presencia de personajes o enemigos ya conocidos sume por el desagüe el trajín de estos superhéroes que a veces riñen como en una pelea de patio de colegio.

Tiene su gracia ver la improbable coreografía cuando por fin, y eso que se hace de rogar, entran en materia. La estilizada lucha oriental y la estética del clásico traje se fusiona, de forma encorsetada, con la rudeza de la fuerza bruta para quedar eclipsadas por el más carismático de los personajes, la alcohólica Jessica Jones, que con su rostro hierático no necesita estilo en combate y se limita a empujar con vigor e indiferencia.

En la misma línea que con los superhéroes, la serie de Netflix prescinde del típico villano llamativo y recurre a un simple humano –eso sí, encarnado por una Sigourney Weaver que hasta de mala es elegante– con tácticas más cerebrales que destructivas. En lugar de un KO técnico, el enemigo del cuarteto de torturados superhéroes, que obviamente tira de cliché y tiene un objetivo algo manido, emplea su inteligencia para beneficiarse de las riñas de patio de colegio de los protagonistas y su evidente y diacrónico intento de trabajar en equipo. Así, no encuentra dificultad alguna en aprovecharse de las debilidades humanas y romper la trinchera del improvisado e improbable cuarteto con un arma secreta, bastante predecible para los que siguieron las ficciones individuales, que tambalea los cimientos no solo del grupo, sino del más cabal si cabe, el demonio de la cocina del Infierno.

Y así, más que unos espectaculares efectos especiales con los que abrumar al absorto espectador para esconder la trama, el golpe de efecto lo consigue la historia. Como Goethe describió a Napoleón, estos cuatro antihéroes con poderes no son la versión televisada de «Los Vengadores» sino extraordinarias personas ordinarias. Y «The Defenders» una ficción más reflexiva y cuidada de lo que el género solía ser… hasta que irrumpió Marvel, con estrepitosas excepciones, en el audiovisual.

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