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Kevin Spacey devoró a Frank Underwood

El intérprete y su personaje en «House of cards» lograron la compenetración perfecta, eran amigos antes de conocerse

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«Solo se necesitan diez segundos para hundir la reputación de un hombre», dice Francis Underwood antes de ser presidente. Frank ya era Frank y Kevin Spacey ya era Kevin Spacey, un intérprete ejemplar hasta que se «demostró» lo contrario. Personaje y actor se han retroalimentado con una materia que ni siquiera era prima. La serie de Beau Willimon replicaba a la británica «Castillo de naipes» (1990), para algunos un modelo superior que bebía a su vez de la novela de Michael Dobbs, exjefe de gabinete de Margaret Thatcher. Incluso las miradas a cámara de F. A. son una copia de las de Francis Urquhart, interpretado de forma magistral por Ian Richardson.

En cuanto a Spacey, cuando en 2013 se estrenó «House of cards» ya tenía dos Oscar y había cometido presuntamente -con perdón por el obsoleto adverbio- casi todas sus fechorías. Alguien con olfato podría haber seguido el rastro sórdido del depredador en sus dos ecosistemas favoritos, el cine y el teatro. En la década en la que dirigió el Old Vic de Londres acumuló veinte víctimas. Solo una intentó alzar la voz. Hoy, hasta en sus títulos resuenan segundas lecturas: «Sospechosos habituales», «American beauty», «Medianoche en el jardín del bien y del mal», «Austin Powers en Miembro de Oro»...

David Fincher reencontró en el tipo que robó el final de «Seven» la personificación perfecta del político sin red moral, un tipo capaz de rezarse a sí mismo, como recuerda Kody W. Cooper en el libro «House of cards y la filosofía». Frank y Kevin se parecían desde antes de conocerse. El primero es capaz de matar con sus propias manos. El segundo, de manchárselas al menor impulso.

Poder, sexo y mentiras

Es tentador pensar que interpretar a un ser tan oscuro enturbia el alma, pero en este caso si alguien doblegó a su alma gemela, fue el actor a su personaje. Cierto es que los guionistas otorgaron a este último munición extra. «Llevamos mintiendo demasiado tiempo, Frank», le advierte su esposa (Robin Wright). «Por supuesto», responde él. «Imagina qué pensarían los votantes si les dijéramos la verdad».

Igual que se puede cerrar un negocio sin salirse de «El Padrino», es posible narrar el descenso a los infiernos del actor con sus frases en «House of cards»: «Un gran hombre dijo una vez -cita a Oscar Wilde- que todo en la vida tiene que ver con el sexo excepto el sexo, que tiene que ver con el poder». Y de sexo y poder mal entendidos y peor utilizados está llena la caja de los escándalos destapada en Hollywood, en una cantidad tal que ha sepultado la presunción de inocencia.

Se ha sabido que el actor se propasó también con Ari Behn, exmarido de Marta Luisa de Noruega. Más allá de la desfachatez, ¿cuánta seguridad hay que tener en la propia inmunidad para hacer algo así sin el respaldo de un papel, fuera del fortín del despacho oval? No era una estrella frente a la joven promesa. Actores, productores y directores todavía ríen un viejo chiste: «Era una actriz tan tonta que se acostaba con el guionista». Escandalizarse ahora es pura hipocresía. Los Weinstein y Spacey han existido siempre. El drama del segundo es que su talento tiene peor reemplazo y borrar personajes no es la solución. ¿Veremos alguna vez su película sobre Salinger?

Para descubrir la clave de la progresiva compenetración entre Kevin y Frank hay que regresar a la fuente, Michael Dobbs. Sus maquiavélicas lecciones políticas son impagables. Lo asombroso es que también los retrata desnudos: «La lujuria amplía el horizonte. El amor lo estrecha hasta el extremo de la ceguera». Son sus principios y, por una vez, si no les gustan no tienen otros.