Socarronería, meticulosidad y Oscar: 80 años de Dustin Hoffman

Repasamos la carrera de una de las caras más reconocibles, curtidas y laureadas de Hollywood

Dustin Hoffman
Dustin Hoffman - AFP
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Uno puede mirar a la pantalla de la televisión y dar de bruces con un rostro familiar, cercano, que le suena igual que lo hace el panadero de la esquina cuando lo ve fumando un pitillo en el bar del barrio. Dustin Hoffman no hace pan, no es público si fuma –aunque lo hiciera en «Alfredo, Alfredo» o «Cowboy de medianoche»–, pero seguro que su cara reflejada en el televisor auspicia recuerdos familiares en el espectador.

Más aún si lo que se reproduce en la pantalla es un clásico del actor nacido en Los Ángeles como «Rain Man» o «Kramer vs Kramer». Son estas las dos cintas que, en su época más plena, se materializaron en los dos premios Oscar que aún hoy, el día en que cumple 80 años, alumbran su carrera.

Su destino corrió siempre en línea paralela con el cine: su padre era decorador en Columbia Pictures. Lo intuyeron, o lo forzaron, según lo retorcido de la mente de quien lo plantée, sus progenitores, que lo bautizaron como Dustin para rendir culto al actor de westerns Dustin Farnum. Él quiso estudiar medicina, pero terminó siendo aleccionado por Lee Strasberg o Stella Adler en el Actor's Studio de Nueva York.

Cinco décadas de carrera, inauguradas en «The tiger makes out», llenas de socarronería, meticulosidad en su trabajo y perfeccionismo llevado al extremo. Así lo atestiguan quienes han tenido la oportunidad de dirigirle. Cuatro Globos de Oro («Tootsie» y «Death of a Salesman», además de las dos con las que se adjudicó el Oscar), dos BAFTA («Cowboy de medianoche» y «Tootsie») y un Emmy («Death of a Salesman») terminan de consolidar el matiz positivo de la oportunidad: dirigir a Hoffman es un privilegio de valor probado.

De autista forzado al Oscar

Ni siquiera el hecho de contar con una estatuilla en sus vitrinas serenó los nervios del actor. Tenía la misión de interpretar al autista que sirve como epicentro de «Rain Man», pero lo voluble de su personalidad cuando se planta frente a un set de rodaje forzó que estuviese a un pelo de abandonar el proyecto dirigido por Barry Levinson. Creía estar haciendo el peor trabajo de toda su carrera. No se sabe qué o quién dio la vuelta a la situación, pero Hoffman retomó lo que se le había encomendado y terminó haciéndose con su segundo Oscar.

Él mismo saludó a estos demonios interiores que le afligen con recurrencia hace algunos años en una entrevista: «Tengo unos demonios interiores que me hacen dudar y que me ha costado domar». Ahora, con su carrera hecha, que no finiquitada –acaba de participar en la serie «Los Medici: Señores de Florencia» y en Cannes presentó «The Meyerowitz Stories»–, ¿alguien se atreve a toser a la cara de Hoffman?

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