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Sergei Eisenstein, el primer genio del cine al que Stalin no dejó volar

Se cumplen 120 años del nacimiento del autor de «El acorazado Potemkin»

Sergei Eisenstein - ABC / Vea en el vídeo el trailer de la película que relata el año que Eisenstein vivió en México
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La pregunta entraña más retranca de la que de un primer vistazo se pudiera suponer: ¿cuánto valor debería dársele a un artista cuyo mérito reside, precisamente, tanto en el hecho de serlo –dadas las cualidades que correspondan y que el mero hecho de ostentar su condición implican– como en haber fundado el canon a través del cuál hoy tantos otros son puestos a su altura al ser considerados genios de su misma materia?

Sergei Eisenstein nació hace hoy 120 años y su legado, explícito en obras que con el tiempo se han tornado objetos de análisis académico como «El acorazado Potemkin», trasciende los filtros del cine contemporáneo. A Eisenstein habría que medirlo por cuantas capas de yeso puso en los cimentos de este gran negocio que para tantos es hoy el cine.

Lo hizo, además, en una época donde la mente creativa era contemplada con el ceño fruncido y la sospecha a medio desenfundar. La revolución de octubre había situado a Stalin a la cabeza de la Unión Soviética, donde Eisenstein, que había nacido en Riga (22 de enero de 1898) pero que por aquel entonces estaba integrada en el Imperio Ruso, daba bisoños trazos al lienzo de referencia en que ha terminado por constituirse su aportación al Séptimo Arte.

Su trabajo intelectual comenzó con la arquitectura, que en 1920, cuando apenas contaba tres años de estudio, abandonó con el pensamiento entumecido por las promesas del comunismo al alza. Decidió que podía ser útil en materia escénica, trabajó en diversas obras teatrales («Teatro obrero», «Máscara de gas») y cayó de rebote en el cine con 25 años, después de un accidente que disolvió su interés por el escenario.

Con sólo una película en su particular registro, titulada «El diario de Glomow», le fue encargada la que debiera ser la conmemoración de la Revolución de 1905. Las expectativas, disparadas como estaban por la innovación que el joven Eisenstein encarnaba en cuanto a que se estaba desenvolviendo en un arte aún por desempolvar, se dispararon. Quizá hoy sorprenda referenciar que en sus rodajes no contaba con actores profesionales (oficio que por aquel entonces tampoco proliferaba ahora), sino que se valía de personas sin ningún tipo de formación escénica. El peso de sus filmes recaía por completo sobre su manejo de la narrativa visual, sobre la que basta decir que aún sirve como referencia en las escuelas contemporáneas. De la película, «El acorazado Potemkin», basta con sugerir que se teclee su nombre en Google para poder comprender la dimensión que aún hoy tiene.

«Octubre» fue su siguiente apuesta, que le costó la repulsa del régimen estalinista, receloso por según qué líneas de su discurso, desalineado de lo que debiera ser un fiel paladín de la ideología soviética. Su afán por seguir excavando en esa tierra sin arar en la que poco a poco germinaban brotes verdes lo llevó a Estados Unidos, donde innovó con el sonido y llegó a rozar un sueldo de casi mil dólares a la semana. Tras no obtener el permiso de residencia definitivo, saltó a México, donde con la ayuda de un amigo español pasó de ser preso a nombrado huésped honorífico. «¡Que viva México!» es la reminiscencia de su estancia allí.

Terminaría volviendo a la Unión Soviética, donde la censura lo sentó a escribir textos académicos («Teoría y técnica cinematográfica», «La forma en el cine»). Pudo grabar «Alexander Nevski», que le valió el Premio Stalin. Con «Iván el Terrible» acometía su proyecto de mayor altura, pero fue interpretada como un desprecio a Stalin y no llegó a despegar. Murió el 11 de febrero de 1948 a raíz de una hemorragia causada tras un infarto, con un tapón sobre su talento y un grifo de conocimiento que, 120 años después, no ha dejado de gotear.