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Director de «The Florida Project»

Sean Baker: «¿Ganar el Oscar o ganar en Cannes? Es como elegir entre un puñetazo o un masaje»

El director de «The Florida Project» relata la infancia de los pequeños que viven en los arrabales de Disney World

Escena de «The Florida Project», con la niña protagonista
Escena de «The Florida Project», con la niña protagonista
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Hacia la mitad de metraje de «The Florida Project», una pareja de incautos turistas que va a visitar Disney World descubre que no había reservado en el recinto amurallado sino en un motel de color rosa pastel y nombre evocador: Magic Castle. Son el recurso que el director, Sean Baker, utiliza para poner un espejo frente al público: «Esos turistas somos nosotros, la clase media, y están ahí para ubicar al espectador», relata. Y lo que el turista ve, y el público descubre, es la miseria de una gente que ha perdido el tren del sueño americano y malvive de motel en motel mientras espera cobrar el cheque de los asistentes sociales.

A través de la mirada de una pandilla de niños que vive en los arrabales del parque de fantasía que idealizan el resto de críos del planeta, el cineasta propone un drama crudo pero aderezado con la belleza de un color tan impostado como el cartón piedra de los castillos de dibujos animados. «Quería que el público viera el mundo como lo ve un niño, por eso hay belleza estética. Una belleza que tiene la zona, con esos cielos azules y luminosos y esa puesta de sol increíble, frente a los restaurantes coloridos para las familias de turistas que van al parque. Y eso se refleja en la película: el mundo de color y la sociedad que vive en esa carretera», reflexiona.

La luz también llega a través de la alegría de los niños, de una naturalidad casi documental. «Ellos no tienen la sensación de haber rodado una película. Les hacíamos actividades para que no se aburriesen y fue como un campamento de verano. Si se dan cuenta de que están rodando, hacen otra cosa diferente a lo que hacen los niños normales», cuenta el director.

Niños frente a iPhones

Con la vitola de cineasta indie de la que presume -«soy de esas personas que no puede vivir consigo mismo si no controla todo el proceso»- y por su gusto por la experimentación -rodó «Tangerine», su anterior filme, con un iPhone-, Sean Baker se confiesa incapaz de encajar en un gran estudio. «No sabría trabajar para ellos. Si alguna vez alguien me dieran 200 millones, haría algo como “Dunkerque” para tener la posibilidad de probar esos juguetes. Pero rodaría una mezcla de entretenimiento con crítica social», cuenta un autor que se siente más reconocido en Europa que en su país de origen: «Cuando eres pequeño, la gente te ignora. Este filme es pequeño para el público de EE.UU. y por eso automáticamente te echan a un lado».

Quizá por ello, y justo cuando la Academia había anunciado que Willem Dafoe, el protagonista de su filme, está nominado al Oscar, ABC le pregunta si preferiría ganar un Oscar o la Palma de Oro de Cannes: «No hay pregunta ahí. Ni me lo planteo. Es como decir qué quieres, un puñetazo en la cara o un masaje. Obviamente quiero la Palma de Oro», comenta mientras ríe a carcajadas.