«Oro»: la locura del conquistador vasco que quiso independizarse en América del Imperio español

El cineasta Agustín Díaz Yanes lleva a la pantalla el relato inédito de Arturo Pérez-Reverte sobre la busqueda de El Dorado, que emplea referencias claras a las expediciones de Francisco de Orellana y de Pedro de Ursúa

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Tras la conquista de Quito (Ecuador), que se suponía más rica que la ciudad inca de Cuzco pero no lo era, el cordobés Sebastián de Belalcázar tuvo noticia de una tierra más al norte llamada Cundinamarca, donde los reyes eran cubiertos con oro en polvo por puro placer. «Desnudaban al heredero y lo untaban con una liga pegajosa, y lo rociaban con oro en polvo, de manera que iba todo cubierto de este metal», escribió el cronista Juan Rodríguez Freyle sobre el mito que corrió febril entre los conquistadores españoles.

El rumor sobre aquella fábula hinchó la imaginación de cientos de españoles, que robaron, mataron, se traicionaron y perecieron en pos de la leyenda de El Dorado. La película «Oro», basada en un relato inédito del escritor Arturo Pérez-Reverte, mezcla en una ficción elementos de varias de estas desafortundas aventuras. De Belalcázar al pirata inglés Walter Raleigh; la búsqueda de la ciudad de oro supuso una atracción irresistible para una generación de europeos que arribaron en el Nuevo Mundo a la promesa de poblaciones talladas en oro y cubiertas de esmeraldas. El propio Cristóbal Colón menciona en su diario de a bordo 139 veces la palabra oro.

El oro y la traición fueron monedas de cambio en esta persecución del particular Santo Grial de los españoles. Francisco de Orellana traicionó, en 1541, a Gonzalo Pizarro, el hermano más pendenciero del conquistador del Perú, cuando éste dirigía una expedición desastrosa hacia el «País de la Canela» (otra leyenda, que data de los tiempos de Colón). Cercados por el hambre, Orellana y medio centenar de hombres se ofrecieron a continuar el viaje con un bergantín para conseguir comida y luego regresar, pero lo cierto es que no tenían pensado volver sobre sus pasos. Para cuando Pizarro conoció su deserción, Orellana se encontraba atrapado en el corazón del Amazonas, al calor de El Dorado.

El camino de Orellana

El 24 de junio de 1542 la expedición fue diezmada por feroces indias guerreras, cuyo recuerdo de las mitológicas mujeres «amazonas» dieron nombre aquel río. Otro muestra de que en el continente del realismo mágico la línea entre lo mítico y lo real siempre resulta difusa. Así las cosas, el conquistador extremeño logró alcanzar la costa Atlántica con algunas riquezas robadas a los indios y partió rumbo a España. En su revancha, en febrero de 1546, Orellana falleció víctima de las fiebres en la desembocadura del río Amazonas.

Atardecer en el Orinoco, cuadro de Ferdinand Bellermann de 1843.
Atardecer en el Orinoco, cuadro de Ferdinand Bellermann de 1843.

El testigo de Orellana fue recogido veinte años después por el navarro Pedro de Ursúa. La película «Oro», cuya expedición original también dirige un capitán navarro, emplea como base precisamente su andadura. Los cuatrocientos soldados que componían la misión de Ursúa fueron dejando a su espalda un reguero de muertos debido al hambre, los ataques de los indios caribes (temidos por sus flechas venenosas) y las enfermedades. El numeroso séquito de familiares y sirvientes que acompañaban al navarro, entre los que se incluía su joven amante, Inés de Atienza, envenenó pronto el ánimo de los soldados.

La falta de resultados sembró el odio hacia el veterano Ursúa, quien solo parecía tener ojos para su amante mestiza. El odio tornaría en locura.

La locura vasca

Pedro de Ursúa e Inés de Atienza fueron finalmente asesinados a puñaladas la noche del 1 de enero de 1561, en un pueblo de indios de la provincia de Machífaro. El ideólogo de la conjura fue el vasco Lope de Aguirre, quien ya tenía numerosos antecedentes en levantamientos. Tuvo de su lado a una de las facciones en las que se organizaban los españoles a la hora de repartir el rancho y calentarse al fuego. Incluso entonces había pugnas y banderías en América entre vascos, extremeños, navarros y el resto de españoles, como bien refleja la cinta.

Una cadena de asesinatos y sabotajes terminó entregando el poder a Lope de Aguirre, que, contrario al plan original de buscar El Dorado, encabezó una rebelión contra la Corona. No obstante, sus propios hombres, tan crueles y feroces como su líder, le traicionaron y le dieron muerte en Barquisimeto (actual Venezuela). Sin leer la letra pequeña, Simón Bolívar dejó escrito que la rebelión de Aguirre fue la primera declaración de independencia de una región de América. No apreció que lo que perseguía el vasco, sobre todas las cosas, seguía siendo el oro.

La película de Díaz Yanes toma como punto de partida el viaje de Ursúa y el motín de Aguirre, pero a través de personajes inventados se nutre de otros episodios de la gran gesta que fue la Conquista de América. No falta en la aventura el personaje del escribano culto que da cuentas al rey, el soldado veterano de las guerras de Italia o el fraile civilizador, que vertebraban habitualmente estas expediciones. También aparecen las pugnas fratricidas entre distintas misiones de conquistadores, como cuando Hernán Cortés debió enfrentarse a los soldados del gobernador Diego Velázquez antes de continuar con su guerra contra los aztecas.

«Oro», además, combina el mito de El Dorado con otra fábula recurrente en aquellos años. La de los edificios techados en oro en «Cíbola», una de las siete ciudades legendarias fundadas supuestamente por unos obispos españoles que cruzaron el Atlántico tras la invasión musulmana. Todas ellas leyendas, que sirvieron de motor y aliciente para la exploración de un continente hostil.

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