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John Cazale

La trágica muerte del eterno perdedor de Hollywood

Se cumplen cuatro décadas desde que un cáncer de pulmón terminó con la vida de John Cazale, el mítico Fredo de «El Padrino», el primer gran amor de Meryl Streep y el único actor que ha conseguido que todas sus películas fueran nominadas en la categoría reina de los Oscar

John Cazale y Al Pacino en «El Padrino» - Vídeo: John Cazale, el mejor secundario de la historia de Hollywood
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Vividor empedernido, fumaba y bebía en cantidades industriales. Eterno secundario, se movía como si tuviera todo el tiempo del mundo por delante, conocedor de la clandestinidad a la que relegan los segundos planos. Era lento porque disfrutaba de cada instante, de cada secuencia, de su química en el escenario con Meryl Streep, Pacino o De Niro, sin ser consciente de que el tiempo se le escurría entre los dedos. Así lo hizo hasta que empezó a escupir sangre, el primer síntoma de su prematura muerte a los 42 años, de la que este lunes se cumplen cuatro décadas.

John Cazale murió como James Dean, dejando pocas películas atrás pero una huella imborrable en la industria. Paradójicamente, su calma le fue arrebatada de forma fulminante, cuando un cáncer de pulmón frenó de forma repentina su fulgurante trayectoria. Y, pese a sus logros, su nombre apenas es un resuello en los anales de la historia del cine, muy lejos de lo que estaba llamado a ser, un actor legendario.

«Ibas a cenar con él y tú terminabas, te lavabas los dientes y te ibas a la cama antes de que él acabara el primer plato. Luego sacaba el puro. Lo encendía, lo miraba, lo probaba y por fin se lo fumaba», recordó su amigo Al Pacino en el documental «Descubriendo a John Cazale». Se conocieron cuando trabajaban en una empresa petrolera antes de despuntar en la interpretación, y a partir de entonces fueron inseparables, dentro y fuera de la pantalla. «Otra vez tú. Te conozco», le soltó el oscarizado actor cuando se volvieron a encontrar en «El indio quiere el Bronx», una obra de Israel Horovitz, la primera de varias colaboraciones juntos. Gracias a otro trabajo con el director teatral, «La cola», que protagonizaba junto a Richard Dreyfuss, llegaría la segunda: Cazale llamó la atención de Francis Ford Coppola, que creyó ver en él a alguien a quien siempre habían pasado por encima, ideal para encarnar a Fredo, pese a la antagónica descripción que Mario Puzo hizo del mayor de los hijos de Vito Corleone. Y no se equivocó.

«Macho alfa fracasado»

John Cazale no se parecía a ningún otro actor de Hollywood. Era espigado, con una gran frente y una incipiente calva. No era el típico actor del que el público salía hablando sin parar al terminar la película, como sucedía con sus colegas Robert de Niro o Pacino. Si ellos representaban el atractivo y la arrogancia de la nueva generación de Hollywood, él era «la cara B de la masculinidad estadounidense», el mayor exponente de la «filosofía del perdedor». Y sin embargo, de su piel cetrina supuraba talento. «Cuando John fijaba sus ojos hundidos en algo, podía parecer tan lastimado y desesperado como un perro moribundo», le describe el periodista Michael Schulman en «Meryl Streep. Siempre ella» (Ediciones Península, 2018). Una vulnerabilidad que Cazale imprimía en sus personajes, pocos pero potentes, que terminarían haciendo historia como él, sin apenas hacer ruido.

Sin inmutarse, podía transmitir debilidad, cobardía, vergüenza o miedo. Podía transformar al más débil del grupo en lo mejor de la película.

«Tenía un profundo conocimiento de que en el fondo de cada persona había algún tipo de dolor. Se percibía que estaba un poco dañado y lo convertía en arte», cuenta Shulman que le dijo en una entrevista Robyn Goodman, mujer de su amigo Walter McGuinn. Una filosofía con la que su relación más icónica, Meryl Streep, agradeció hace un año su último Globo de Oro: «Coge tu corazón roto y conviértelo en arte».

Ese dolor que perseguía y manejaba Cazale a su antojo resuena en su Fredo de «El Padrino», cuando con su traje amarillo mostaza y las gafas de sol se hace pasar por un pez gordo con las chicas mientras empina el codo en Las Vegas. También en Stan, el bufón del grupo de amigos de «El cazador», «el macho alfa fracasado», como resumió el director del filme Michael Cimino. «Sin inmutarse, podía transmitir debilidad, cobardía, vergüenza o miedo. John podía transformar al más débil del grupo en lo mejor de la película, siempre que se prestara atención», cuenta el editor de «The New Yorker».

Marlon Brandoy John Cazale en «El Padrino»
Marlon Brandoy John Cazale en «El Padrino» -

Se ganó a su ídolo, Marlon Brando, que repitió una toma cuando disparan a Vito Corleone en la calle para disfrutar del italoamericano. «Brando tenía en tanta consideración a John que volvió a tumbarse junto a la acera para que John pudiera actuar cerca de él. Era, por así decirlo, el mayor de los cumplidos», reconoció el director Marvin Starkman en una entrevista con Schulzman. Pacino, por su parte, se deshacía en elogios hacia su amigo, que según él le había inspirado mucho: «Aprendí más de interpretación de él que de cualquier otra persona. Todo lo que quería hacer era trabajar con John el resto de mi vida», dijo en 2003 en «Entertainment Weeckly».

Es el único actor en la historia que ha logrado que todas sus películas estuviesen nominadas en la categoría reina de los Oscar. Él nunca fue candidato.

Robert de Niro también se incorporó a la pandilla, después de coincidir con el actor en dos películas. Cuenta la leyenda que fue él quien costeó el seguro del Cazale enfermo, para que los productores no impidiesen su participación en «El cazador», aunque él sigue siendo ambiguo al respecto: «Estaba más grave de lo que pensábamos, pero yo quería que saliese en la película». Sus escenas se rodaron las primeras, apurados por el progresivo declive de Cazale. Después de excederse en el presupuesto y de miles de polémicas, la película se estrenó y batió a «El regreso» en los Oscar, donde Meryl Streep consiguió su primera nominación. Pero Cazale no estaba para verlo.

El amor de su vida

En esa reputada lista de adeptos, Meryl Streep iba en cabeza. Se conocieron en la adaptación teatral de Shakespeare «Medida por medida», donde la mutua atracción sexual sobre las tablas se hizo evidente hasta para los críticos de teatro. Casi le doblaba la edad y, sin embargo, se convirtió en el primer gran amor de la actriz, y también en su más traumática pérdida.

Streep y Cazale en «El cazador»
Streep y Cazale en «El cazador»

Para costear las facturas médicas de Cazale, Streep firmó su primer papel en televisión, en la serie «Holocausto»; para estar junto a él, ya agonizante, aceptó convertirse en la cajera Linda de «El cazador», «la olvidada en el guión y también en las vidas de los demás personajes», llegó a afirmar la propia intérprete. Por Cazale, la considerada como la mejor actriz viva interpretó su mejor papel, mostrando un optimismo que no sentía. «Cuando vi a esa chica allí (en el hospital) con él, pensé que no había nada igual. Eso es lo importante para mí. Por muy buena que sea en su trabajo, eso es lo que recuerdo siempre que pienso en ella», dijo Pacino décadas después de su muerte.

Al Pacino, sobre Meryl Streep: «Cuando la vi en el hospital con Cazale, pensé que no había nada igual. Por muy buena que sea en su trabajo, eso es lo que recuerdo de ella».

Pero pese a la admiración que le profesaban leyendas del cine, nunca fue reconocido por la Academia de Hollywood, que olvidó nominarlo junto a alguna de sus películas. Una exigua, y a veces olvidada, filmografía que, sin embargo, no impidió que lograra un récord todavía imbatido: todos sus filmes (cinco) fueron nominados en la categoría reina de los Oscar.

La madrugada del 12 de marzo de 1978, Cazale cerró los ojos definitivamente. La rabia y la conmoción suplieron por un tiempo el vacío que dejaba su pérdida. En el funeral, diferentes personalidades del espectáculo le rindieron su homenaje. Horovitz, impulsor inconsciente de su fama, escribió en su elegía: «John Cazale solo sucede una vez en la vida. Fue una invención, una pequeña perfección. No sorprende que sus amigos sientan tanto enfado al despertarse de su sueño para descubrir que Cazale descansa con reyes y consejeros, con Booth y Kean, con Jimmy Dean, con Bernhardt, Guitry y Duse, con Stanislavski, con Groucho, Benny y Allen (...) Nos deja, a su público que tanto le quiere, el recuerdo de su gran calma, su silenciosa espera, su amor por la buena música, su afición por los chistes malos, el absurdo límite del bosque que era su nacimiento del pelo, la rodaja de sandía que era su sonrisa. Era inolvidable».