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El infierno de las actrices porno: La precariedad y la discriminación pasan factura en el cine erótico

La muerte casi consecutiva de cinco actrices porno ha puesto en el punto de mira las condiciones sociales y laborales en las que viven las estrellas del cine para adultos

Vídeo: Vea la causa de la muerte de cada una de las actrices | August Ames se suicidó en diciembre tras sufrir un linchamiento digital por negarse a participar en una escena
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No han sido fáciles los últimos meses para el mundo del porno. Pese a ser una industria que mueve anualmente casi 100.000 millones de dólares (según la web de finanzas estadounidense Business Pundit, la pornografía es la sexta industria que más dinero mueve a nivel global), no es un sector que suela acaparar la atención de los medios. Sin embargo, la muerte casi consecutiva de cinco actrices por sobredosis, suicidio o en circunstancias no aclaradas ha puesto sobre el tapete la opacidad en la que se mueve un género que alimenta las fantasías más secretas de cientos de millones de consumidores (diariamente se registran en la red 68 millones de búsquedas relacionadas con la pornografía).

El 9 de noviembre fallecía mientras dormía en casa de su madre Shyla Stylez por causas que no han salido a la luz. Pocos días después, el 5 de diciembre, se conocía un caso mucho más dramático. La actriz canadiense August Ames, de solo 23 años y con 270 películas rodadas en su haber, se suicidó tras el acoso y las presiones recibidas por haberse negado a participar en un rodaje junto a un actor de cine porno gay.

Otro suicidio golpeó al sector diez días más tarde: Yuri Luz fue encontrada muerta en su apartamento de Los Ángeles rodeada de pastillas. El 7 de enero la jovencísima Olivia Nova, de 20 años y que apenas llevaba unos meses trabajando en el mundo del porno, apareció muerta en su casa de Las Vegas en circunstancias no esclarecidas. La última en sumarse a esta fatídica lista fue Olivia Lua, que el 22 de enero falleció en un centro de desintoxicación de Hollywood sin que trascendiese ninguna explicación sobre las causas de su muerte.

La oleada de fallecimientos ha servido para renovar el interés mediático por las condiciones vitales y laborales de los trabajadores del porno, y también para volver a poner en circulación algunos de los mitos y prejuicios más extendidos sobre el mundo del cine erótico. La precarización del sector, la falta de garantías sanitarias, la nula cobertura legal y la voracidad de un negocio que se deshace rápidamente de sus actores (y, sobre todo, de sus actrices) para renovarlos por carne joven y fresca hacen del cine erótico algo muy parecido a una profesión de riesgo.

Una profesión anómala

A cualquier se le ocurrirían decenas de razones para justificar por qué ser performer porno no es una profesión como otra cualquiera, y una de las más relevantes es que se cuenta entre los escasísimos trabajos en los que las mujeres, por regla general, cobran más que los hombres. No obstante, las carreras de ellos suelen ser más estables y prolongadas que las de las chicas. Los casos de actrices capaces de consolidar una carrera durante años son excepcionales; la inmensa mayoría de ellas apenas aguanta unos meses en el sector antes de convertirse en desechos que se reemplazan con las cientos de jóvenes aspirantes que llaman a la puerta de las productoras en busca de dinero fácil.

Y desde luego que es fácil hacer dinero en el mundo del porno para una recién llegada, pero en qué condiciones ya es otro cantar. Como muchas otras actividades económicas, el cine porno también ha sufrido la llegada de un tsunami digital que ha trastocado las estructuras tradicionales de la industria. Los largometrajes y la venta de DVD han dado paso a una producción más centrada en el rodaje de escenas sueltas, una mutación que ha contribuido a precarizar aún más el trabajo en el porno.

En España, el sueldo que se paga por participar en una escena oscila entre los 200 y los 800 euros que se pagan en negro en la inmensa mayoría de los casos. Los performers viven con la incertidumbre de no saber cuándo serán llamados para rodar una escena y sin una fuente estable de ingresos. Al no tratarse de una profesión legalmente regulada, los actores carecen de cualquier tipo de amparo jurídico para establecer un convenio que establezca un salario mínimo, regule las condiciones laborales y garantice unos mínimos sanitarios exigibles.

Y es que más allá de la inseguridad laboral es preocupante la falta de controles higiénicos y garantías sanitarias en los rodajes de cine adulto. Por ejemplo, en España no existe ninguna ley como las vigentes en Francia o en algunos estados de EE.UU que obliga a las productoras porno a usar preservativo en sus escenas. Las Enfermedades de Transmisión Sexual (ETS) son una de las grandes preocupaciones de los performers, que además tienen que pagar de su propio bolsillo (entre 60 y 80 euros) las pruebas de ETS que deben hacerse mensualmente.

Pero eso no es lo más grave. Amarna Miller, tal vez la actriz porno española más conocida a nivel internacional, admitió en un artículo en su blog que «no hay forma de comprobar que las pruebas no están falsificadas». Esto se lo corrobora a ABC Ismael López Fauste, un periodista que trabajó durante varios años para la industria del porno y ahora investiga los abusos y las corruptelas del sector: «Existen los análisis de sangre fraudulentos».

López Fauste recopiló a finales de 2017 sus pesquisas sobre el mundo del porno en el libro «Escúpelo. Crónicas en negro del porno en España», que colgó en Internet para descarga gratuita. Al poco tiempo se vio obligado a retirarlo de la red por las amenazas y las presiones que recibió. «Hay una trama terrible por aquí que todavía no ha visto la luz» asegura Fauste, que sostiene que la industria pornográfica está estrechamente relacionada con la prostitución y la trata de blancas.

Pero más duradero que la clamidia, la gonorrea y el sífilis es el estigma que pesa sobre los actores y muy especialmente sobre las actrices porno. En 2010 vio la luz «After porn ends», un documental en el que varias exactrices porno cuentan cómo transcurrieron sus vidas tras abandonar el cine erótico. La conclusión que se destila del documental es unánime: no merece la pena hacerse actriz porno. La discriminación, la imposibilidad para acceder a determinados sectores profesionales(como el educativo, por ejemplo) y la exposición de la imagen propia en Internet hacen que no salga rentable convertirse en estrella del porno por unos meses, unos años a lo sumo.