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Un hombre llamado Ove (***): Una segunda oportunidad

El protagonista es un ejemplo de cómo la vida nos va matando pero, antes, nos quita el humor, la tolerancia y las propias ganas de vivir

El personaje de Ove es un ejemplo de cómo la vida nos va matando pero, antes, nos quita el humor, la tolerancia y las propias ganas de vivir: es el tipo de vecino que crea un silencio embarazoso a su alrededor si le encontramos, por ejemplo, en el ascensor. No es el caso porque vive en una colonia de adosados pero igualmente se comporta con tal grado de resentimiento con el mundo en general -vigila por ejemplo la conducta de otros miembros de la colonia como un cancerbero from hell- que Dios o el perverso guionista, que en una película viene a ser lo mismo, se lo pone todo en contra.

Haciendo, primero, que sus intentos de suicidarse fracasen, lo que no es sino una penúltima humillación para un asumido maestro del bricolage como es Ove. Y colocándole luego al lado, y aunque no compartan ascensor, a una vecina recién llegada que no sólo es una inmigrante iraní sino que está muy embarazada y, ya se lo imaginan, esta es una película con tanta voluntad de manipular nuestros sentimientos como «Love, Actually», pongo por caso.

Que lo consiga o no dependerá de que el corazón del espectador acepte o rechace el injerto forzado de buen rollo, pero la película hace méritos. El sostenido buen trabajo del actor Rolf Lasgard es el principal, pero también hay que señalar cierto pudor formal a la hora de atacar el lagrimal, cosa que no tendremos garantizada ante el presumible remake americano, que ya no hará Walter Matthau, pero que aún pueden hacer Bill Murray o el Clint Eastwood de “Gran Torino”.

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