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Premios Oscar 2018

Gary Oldman, el actor que atravesó océanos de tiempo para ganar el Oscar

El británico triunfa en su segunda nominación, a los 59 años, transformado para dar vida a Winston Churchill

Gary Oldman, con su Oscar por «El instante más oscuro»
Gary Oldman, con su Oscar por «El instante más oscuro» - Reuters
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Que Gary Oldman solo hubiera sido candidato al Oscar una vez antes de este año es una pequeña broma, de esas que hacen comprender que solo se trata de unos premios, algo sin verdadera importancia. Lo que perdura de un actor son sus actuaciones, las películas que rueda y las obras de teatro que el público mantiene vivas en su memoria. El intérprete inglés (Londres, 1958) ha tenido que atravesar océanos de tiempo para ganar la estatuilla, como el Drácula magistral que pintó para Coppola. Quizá los académicos solo estaban esperando que llenara su apellido de significado, que se convirtiera en un «hombre viejo». O puede que, como bromeaba alguien, los americanos no se fiaran de alguien que había matado a Kennedy. Por fin era el gran favorito y por fin ganó.

En efecto, su encarnación de Lee Harvey Oswald en «JFK (caso abierto)», en 1991, fue para gran parte del público una revelación, pese a la corta duración de un papel antipático, entre magnicida y cabeza de turco. Tampoco le ha ayudado su estilo camaleónico, una capacidad para el disfraz que completaba con una amplia variedad de acentos. Hay actores que adora la academia, siempre fieles a una imagen, como Robert Mitchum o Cary Grant, cuya aspecto solo se alteraba dependiendo de si llevaba o no gafas.

Luego están los Robert de Niro, Christian Bale o Daniel Day-Lewis, también idolatrados por los repartidores de estatuillas (con buen criterio, por otro lado), que suman a su capacidad para cambiar de aspecto un indudable atractivo físico. Gary Oldman no es alto ni guapo, ni por lo general se queda con la chica, y cuando se disfraza es capaz de permanecer oculto. Suele ser el amigo del protagonista, el que puede morir si las cosas vienen mal dadas. Pero si se trata de gafas, las suyas son mucho más gruesas y opacas que las de Cary Grant, como demostró en «El topo» (su otra candidatura al Oscar) y al lado del Batman de Christopher Nolan. De nuevo con Bale enfrente, que sí tenía su muñeco dorado, sus chicas y sus papeles de protagonista.

Incluso como Drácula, Oldman llegó a calzarse unos «lupos» para encarnar al vampiro más romántico que se recuerda. Nunca unos colmillos sufrieron tanto a la hora de morder el cuello deseado (de Winona Ryder, nada menos). El terror daba paso a la pasión y el actor demostraba que tenía carisma, que como personaje principal no era peor que nadie. La Academia de Hollywood, increíblemente, solo supo apreciar los aspectos técnicos de esta nueva obra maestra de Francis Ford. No entendió que nadie había chupado una navaja ensangrentada con tanta personalidad.

Carrera impecable, vida miserable

Gary Oldman fue pobre y desgraciado, abandonado por su padre alcohólico cuando tenía siete años, su sensibilidad artística lo salvó de una vida de mugre. El teatro y la música, en menor medida, fueron un terreno perfecto para que germinara su talento. En cuanto descubrió el cine, Cuando no dejó de salir en grandes películas, desde su impactante irrupción en «Sid y Nancy» (1986), en la piel de Sid Vicious. Un año después volvió a dar en el clavo independiente con «Ábrete de orejas», de Stephen Frears.

Tuvo que esperar a 1990 para abrirse paso en el cine americano, con una película estupenda, que no todos recuerdan, «El clan de los irlandeses», al lado de Ed Harris y Sean Penn, trío de ases. Otros títulos importantes son «Amor a quemarropa» (1993), «Homicidio en primer grado» (1995, de nuevo con gafas), «El quinto elemento» y «Air force one» (1997), «Candidata al poder» (2000), «Hannibal» (2001), los Harry Potter y los Batman, en dos personajes inolvidables, varias películas de dibujos animados y su nominado topo, en el mítico papel de George Smiley (el genial espía de John Le Carré). En su versatilidad, aparece también en «RoboCop» y «El amanecer del planeta de los simios».

Puede que su gran fallo sea que vale para todo. Incluso para dirigir. Se puso al frente de una película «Los golpes de la vida» (1997), que no está nada mal, y parece que prepara otra, «Flying Horse», biografía del fotógrafo Eadweard Muybridge, otro genio oscuro.