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Festival de Cannes

Jia Zhang Ke y la española «Un día más con vida» se encargan del cine

El director Jean-Luc Godard, con otro de sus hueros «collages», se ocupa de situarse en el centro con sus viejos trucos de faquir

Raúl de la Fuente y Damian Nenow, directores de «Un día más con vida», en Cannes
Raúl de la Fuente y Damian Nenow, directores de «Un día más con vida», en Cannes - REUTERS
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Godard tiene la cualidad del prestigitador, y te enseña en una mano algo parecido a una película y en la otra algo parecido a una polémica: ¡alehop!, la película desaparece (en realidad, no existía) y te quedas con la polémica. Le encanta su papel de viejo farsante: no voy, pero estoy, y habla a la audiencia del Festival por FaceTime horas después de presentar «Le livre d’image» nada menos que en la sección competitiva, un batiburrillo de imágenes, sonidos y algo que quiere pasar por «ideas» para que el mundo reflexione, uno de esos «collages» que tanto impresionan a cualquiera que no pretenda pagar el precio de una entrada por verlo.

Godard es Godard

En su afán chamarilero, pesca para su pantalla imágenes, sonidos, cartelería, frases rimbombantes (las de siempre, «le comunisme», «la guerre», «Europe», «la violence», «l’inmortalité à travers les films»…) y hace como que le da una estructura de los cinco dedos, «la manualité»…, en fin, toda su estantería llena del pretencioso vacío habitual, y ahí se cuela, vaya usted a saber por qué, un cartelito durante dos segundos alusivo a Cataluña, lo que le permite decir a él luego (su «película», naturalmente, es un elogio al no decir nada) una frase para el chorriconsumo: «El cine es como Cataluña, que tiene muy complicado existir». Frase chorra, pero cierta, pues si el cine es lo que él hace y si Cataluña se empeña en hacer lo que él hace con el cine, desde luego ahí no hay quien vaya ni gratis.

Pero Godard es Godard, alguien capaz de colarse con eso a la sección competitiva, de hipnotizar a parte de la audiencia hasta el ronquido, de polemizar siempre fuera de las salas de cine, que es donde él explica sus películas… Qué hartura de hombre, qué hartura de cineasta. Que está al lado de los que ponen bombas, dice el fulano… La bomba es él, con el efecto de mortal aburrimiento.

Kapuscinski

Las chorradas de Godard le quitaron protagonismo al chino Jia Zhang Ke, que presentaba a competición «Les éternels», y a la española «Un día más con vida», que se proyectaba en sesión especial. La película española está dirigida por Raúl de la Fuente y Damian Nenow y es la traslación de la novela de Kapuscinski a una interesante mezcla de animación y mundo real. La historia, autobiográfica, ocurre durante la descolonización portuguesa en Angola que propició una posterior guerra civil. El protagonista es el dibujo de Kapuscinski, pero también su controvertido y discutible modo de entender el periodismo como servicio a una parte del conflicto.

La magnífica técnica de animación, mezclada con imágenes reales y fotografías de archivo, y el ritmo imparable en esa aventura tan política como periodística de Kapuscinski tienen un efecto imán para los ojos del espectador. Por otra parte, tiene un marcadísimo tono documental, pues aparecen junto, o antes, los personajes reales de aquella aventura y sus testimonios aderezan de vida aquel retrato de muerte.

En cuanto a la china de Jia Zhang Ke, director que crea siempre enormes expectativas festivaleras, es un ejercicio de contraestilo propio con la mezcla de agresividad y romanticismo de películas suyas como «Más allá de las montañas» y «Un toque de violencia», junto a esa mirada a la descomposición y a los paisajes mutantes de «Naturaleza muerta» o «Ciudad 24». Aquí narra la pasional historia de una mujer, que interpreta la impresionante actriz Zhao Tao (musa y señora del director), y sus sacrificios por un hombre, un mafiosillo. La relación de estos dos personajes, la atmósfera cambiante de sus intereses y sentimientos, respira en paralelo a los climas cambiantes éticos, económicos y sociales del universo chino.

«Les éternels» (que a saber cómo se titula luego aquí) es una obra llena de elegancia y de ese juego de espejos íntimos entre la figura y el paisaje, también de amargura y de rara nostalgia, y que capta actitudes, sentimientos, que no se cazan fácilmente sin entornar un poco la mirada.