Fe de Etarras: cuando el humor ridiculiza lo que antes era drama

Este día de la Hispanidad Netflix estrena la polémica comedia sobre ETA. El terrorismo ha estado muy presente en nuestro cine

Escena de Fe de Etarras, que estrena Netflix
Escena de Fe de Etarras, que estrena Netflix
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Cartel de Fe de etarras
Cartel de Fe de etarras

Hay polémicas que parecen frescas y sin embargo no lo son. Con «Fe de etarras» (o mejor dicho, con el provocativo cartel de Netflix en San Sebastián) se inició una discusión –¿Se puede hacer comedia sobre los asesinos de ETA?– que ya se había abierto en 2014. Claro que ese año en España no había entrado Netflix con sus ganas de provocar (qué es si no estrenar «Fe de etarras» hoy, Día de la Hispanidad, tras toda la historia con la lona publicitaria) y Twitter, aunque ya masivo, no era tan sensible como lo es hoy.

Volvamos a 2014. Festival de San Sebastián. Se proyecta «Lasa y Zabala» –«Ni el cine se siente aún cómodo ni libre siendo el espejo de la banda terrorista ETA, ni el Festival tampoco en el papel de escaparate «natural» de ese cine. Pero ambos acuden puntualmente a esa cita», escribió Oti R. Marchante en su habitual crónica de la jornada cada festival. Han pasado más de cinco años desde que ETA anunciara «el cese definitivo de la violencia» y el cine ya se atrevía a aportar nuevas miradas a la sinrazón del terrorismo. «Desde que ETA dejó de matar, se ha abierto la posibilidad de hablar y de convivir», decía el director del Festival, José Luis Rebordinos.

Aquel 2014 se estrenaron, además de «Lasa y Zabala» (una ficción con base documental que narra el caso de dos terroristas asesinados por guardias civiles), «Asier y yo» (un documental del actor Aitor Merino, que cuenta cómo regresa al País Vasco para entender por qué su amigo de la infancia entró en ETA), «Fuego» (una historia ficticia con José Coronado en busca de venganza) y lo más interesante, la primera comedia, «Negociador» (de Borja Cobeaga, creador también de «Ocho apellidos vascos», una parodia de la negociación que mantuvo Jesús Eguiguren con ETA por orden de Zapatero en 2005). También el documental «1980», de Iñaki Arteta, el único que se centra en la visión de las víctimas de ETA.

Esta es la tónica del retrato de ETA en el cine. La imagen de las víctimas es ignorada. Hasta la década de los noventa, la mayoría de las aproximaciones cinematográficas a la banda terrorista les retrataba como «pioneros» en la lucha contra el franquismo. Apenas una decena de títulos, desde finales de los setenta han puesto el foco en las víctimas. Destacan los trabajos de Iñaki Arteta –«Olvidados», «Trece entre mil», «El infierno vasco», «1980» y el reciente «Contra la impunidad»–, también Eterio Orega (producidos por Elías Querejeta) –«Asesinato en febrero» y «Perseguidos»–. Y ficciones como «Todos estamos invitados», de Gutiérrez Aragón.

Tensiones lejanas

«Por mucho respeto que se haya querido tener, este es un proyecto que debería haberse aplazado en el tiempo, cuando el recuerdo sea más lejano. Ahora, ese mismo fondo ha hecho daño a la forma. Lo cierto es que Cobeaga debió presentirlo porque en su trayecto ha pisado con temor la comedia, el drama, la historia, en suma, todo lo que tocaba hasta dejar un filme que toca todo y no toca nada», escribía el crítico de ABC José Manuel Cuéllar. Y no, aunque lo parezca, no hablaba de «Fe de etarras». Lo hacía de «Negociador», pese a que el comentario se pudiera extrapolar a hoy. De hecho, asociaciones de víctimas, de la Guardia Civil y hasta el ministro del Interior criticaron con un argumento similar el cartel de Netflix de «Fe de etarras». Un cartel que, por cierto, la cadena colocó en unas calles donde en apenas cinco kilómetros cuadrados ETA asesinó a más de 20 personas desde 1978.

Sin embargo, el cartel fue el dedo al que todos miraron antes de ver que lo se señalaba era una película que, si bien ignora a las víctimas, sí ridiculiza de manera evidente a los terroristas. De hecho, Javier Cámara, protagonista de «Fe de etarras», así lo dijo a ABC: «Hemos hecho una comedia de algo tan trágico como que hubiera gente que se creyera todo lo que dice mi personaje. A mí se me encogía el corazón de pensarlo». Palabras que refrendó Cobeaga: «Los suyos [de los terroristas] son cuatro proyectos de vida fracasados. Reírse de ellos no implica frivolizar. ETA ha estado tan presente durante nuestra vida que hacer humor de ellos es liberador. Reducirlos a un chiste les escuece, y eso es una victoria de la sociedad».

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