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Crudo (***): La dieta de Justine

Incurre en todo tipo de excesos gore no aptos para (perdón, la alusión era inevitable) estómagos sensibles

El fecundo poder metafórico del cine fantástico (marcianos=comunistas, etc.) se puede diluir cuando se le aplica un tratamiento realista, como sucede aquí. Justine es una adolescente superdotada pero normal de una familia que no lo es tanto (curioso, la actriz se parece mucho físicamente, en versión chica, al protagonista de aquella gran serie, «Malcolm», al que le ocurría un poco lo mismo). Vegetariana integral, descubre por azar el efecto que le causa comer vísceras crudas o sangre recién derramada.

No sabemos bien si esto define su caso como vampirismo o simple canibalismo; y da un poco lo mismo, porque el aludido enfoque realista hace que su historia no se distinga mucho de recientes retratos de la bulimia o la anorexia.

Ojo, no por esto deja de ser una pieza que, aunque los dosifique, incurre en todo tipo de excesos gore no aptos para (perdón, la alusión era inevitable) estómagos sensibles.

La idea de tratar el «ismo» de Justine como una adicción no es del todo nueva, ya lo hizo Abel Ferrara en «The Addiction». La novedad de «Crudo», que es obra de una cineasta, es que es un retrato bastante preciso del desarrollo de una identidad propia, adulta, en una adolescente. Es otra ironía redonda de esta potente ópera prima: tanta víscera, tanta escatología, pero su gran virtud no es de orden orgánico sino psicológico.

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