Cine

«Pulp Fiction» vuelve a los cines, o cómo en los 90 se vivió una nueva Edad de Oro creativa

Veintitrés años después de su estreno en EE.UU., España recupera uno de los títulos medulares del cine moderno

La actriz Uma Thurman en el cartel promocional de la película «Pulp Fiction» (1994)
La actriz Uma Thurman en el cartel promocional de la película «Pulp Fiction» (1994)
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En 1994 Quentin Tarantino dejaba boquiabierto a medio mundo con la violencia desenfrenada de «Pulp Fiction». John Travolta cambiaba el rol de bailarín adolescente por el de matón de la mafia y Samuel L. Jackson, que por aquel entonces solo había hecho papeles irrelevantes, vio su carrera impulsada gracias a una merecidísima nominación al Óscar. Personajes extremos al margen de la ley, drogadictos, chulos y gangsters de poca monta copaban la parrilla de personajes protagonistas en una cinta que dejaba atrás la sencillez elemental del «género acción» (si es que se puede decir que tal género existe, pues el cine es movimiento y todo movimiento es acción) y se adentraba en un radical amalgama de comedia sofisticada de diálogos mordaces, drama social de barrio bajo, música pop y violencia explícita macabra.

Ya fue notorio el debut del cineasta de Knoxville con su «Reservoir Dogs», impresionante ópera prima de bajo presupuesto en la que un grupo de hombres trajeados atracaba sin éxito una joyería al son de la George Baker Selection. Tarantino demostró en su primer largometraje que aparte de ser un director que bebía de los grandes clásicos (la cinefilia reconocida del cineasta, su pasado como dependiente de un videoclub y su dirección sobria y formal así lo corroboran) era un guionista de lo más sagaz, como lo fueron Billy Wilder y Ernst Lubitsch en su momento. Entre casquillos de bala, coches bañados en sangre y mutilaciones faciales, Tarantino utilizaba aquel recurso tan típico del Hollywood romántico, el flashback, para crear una estructura narrativa original que desgranaba la heterogeneidad de los personajes y los unía y separaba a través de un guión ágil y ocurrente.

La falta de moderación y una intransigente necesidad de subvertir los géneros convencionales llevaron a Tarantino a convertirse, de la noche a la mañana, en uno de esos cineastas que el público elogia. Como ocurría con las películas de Kubrick, la masa cinéfila esperaba ansiosa su próximo estreno. Nunca defraudó. Ni «Jackie Brown», con sus reminiscencias del blaxploitation, ni la saga «Kill Bill», que bebía del cine de artes marciales de Serie B. Ni siquiera flaqueó la sesión «Death Proof», enmarcada en el programa «Grindhouse» que dirigió junto a su compañero de faenas cinematográficas, Robert Rodriguez, pese a que el propio Tarantino reconoció sentirse poco satisfecho con el resultado. Le siguieron «Malditos Bastardos», «Django Desencadenado» y «Los odiosos ocho», las dos últimas reivindicaciones de un género desafortunadamente ya perdido: el western.

Veintitrés años después de su estreno en Estados Unidos los cines españoles recuperan Pulp Fiction. Por primera vez en mucho tiempo España se sitúa a la vanguardia de la cultura europea: somos el único país que ha vuelto a estrenar este pilar cinematográfico y ha brindado al gran público la oportunidad de redescubrir en la gran pantalla una de las cintas medulares del cine moderno. Y a los jóvenes, que quizás les suene de algo eso del «Pulp Fiction», les regala algo que muchos desearían volver a vivir: la irrepetible experiencia de ver por primera vez en la sala oscura la magia de la violencia bien narrada.

El eterno debate sobre la supervivencia del cine

Habitualmente los predicadores del fin del mundo cinematográfico ponen el grito en el cielo en lo que se refiere al futuro de este arte: que si está muerto, que si lo nuevo ya no es como lo de antes, que si lo digital ha fulminado la esencia del celuloide, que si la ya-tan-manida nostalgia, etc. Lejos del anodino debate sobre si el cine ha muerto o no (cómo va a morir un arte apenas centenario si la literatura ha sobrevivido milenios) lo cierto es que los años noventa supusieron un punto de inflexión en la manera de ver e interpretar el Séptimo Arte.

El modelo de superproducción empresarial se consolidó definitivamente tras el irremediable declive del Nuevo Hollywood a finales de los setenta, protagonizado por el batacazo anunciado de «La puerta del cielo» de Michael Cimino y su posterior expiación, en la que confluyó todo el odio de los productores hacia la grandilocuencia artística de los autores. La industria cinematográfica pasó de tener una amplia libertad creativa a estar subyugada por la férrea dictadura de los grandes empresarios.

Muchos cineastas sucumbieron al nuevo modelo productivo, ya fuera porque no podían o no querían adaptarse. En Estados Unidos Coppola fue sustituido por Scorsese y Spielberg; Jonathan Demme y David Fincher se hicieron con la taquilla y los premios principales de la Academia; Frank Darabont se ganó el elogio de crítica y público con dos obras impecables: «La milla verde» y «Cadena perpetua»; los hermanos Coen siguieron su incursión en las historias de crímenes protagonizadas por personajes atormentados y excéntricos, etc. La lista de autores y títulos que han pasado a los anales de la cultura popular de los noventa es interminable.

Los noventa: un año de joyas

Resultaría ilógico decir que el «cine ha muerto» cuando en 1993 y 1998, respectivamente, Spielberg rodó «La lista de Schindler» y «Salvar al soldado Ryan», dos superproducciones de gran calidad y crudeza tan solo equiparables a «El pianista» del polaco Roman Polanski, «La ascensión» de la desconocida e injustamente olvidada Larisa Shepitko o la desgarradora «Masacre: ven y mira» del soviético Elem Klimov. Hasta el cine independiente, ese subgénero extraño y poco reconocido por el gran público, entregó algunas de las cintas más fascinantes del Séptimo Arte, como la maravillosa «Vivir rodando», donde Steve Buscemi se ponía en la piel de un director de cine que tenía pesadillas con el rodaje de una película de bajo presupuesto, o «Smoke», en la que el destino unía la vida de personajes bien dispares en torno a un estanco de barrio.

El cine europeo no se quedaba atrás: Benigni seducía a las masas con su lacrimógena «La vida es bella» y el Reino Unido asistía estupefacto a la crudeza del mundo de las drogas en la que probablemente sea la película inglesa más vista de los últimos veinte años: «Trainspotting». En Dinamarca, dos jóvenes de apellidos excéntricos, Lars von Trier y Thomas Vinterberg, fundaban el movimiento Dogma, mientras que en España Amenábar iniciaba sus pasos en el cine tras rodar «Tesis» y Almodóvar ganaba el Óscar a Mejor Película Extranjera con «Todo sobre mi madre».

En tierras asiáticas Kurosawa, cineasta favorito –y con razón– de la princesa Leonor, firmaba su última película, “Madadayo”, y Zhang Yimou, icono por excelencia del cine chino moderno, dirigía “¡Vivir!”, título imprescindible para los que busquen comprender la revolución cultural experimentada por el país comunista entre los años 40 y 70.

Y mientras los grandes autores de la cinematografía mundial hacían confluir una casi interminable lista de obras maestras a lo largo de la década, en 1994, como una bomba que hacía eco en todos los rincones del mundo, llegaba Quentin Tarantino. La ola explosiva y expansiva de su cine no sólo arrasó la taquilla (recaudó doscientos millones de dólares de los ocho que costó producirla y se llevó un Óscar a Mejor Guión Original), sino que se propagó indefinidamente hasta llegar a nuestros días. Por esa razón más de 70 cines han vuelto a colgar el cartel de la sensual Uma Thurman tumbada boca abajo en una cama fumando un cigarrillo y leyendo una extraña y misteriosa revista: la Pulp Fiction.

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