Carrie Fisher ya es una con La Fuerza

Trago a trago, Juan Gómez-Jurado repasa la vida de la Princesa Leia. «Son los años en los que escribe mientras el suelo le resbala bajo los pies y su nariz se queda siempre a un milímetro de la superficie»

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Hay un problema con las vidas grandes y complejas. Cuando llega el momento de despedirlas, de poner un punto y final a la historia de quien ha encarnado un personaje tan relevante para millones de personas, el foco de estas mil doscientas palabras es demasiado pequeño como para abarcarlo todo, y por tanto la luz se limita a perfilar de manera tenue una silueta. Quizás a Carrie Fisher solo se la pueda comprender a tragos cortos y profundos, como los que ella le dio a la vida hasta dejar seco el recipiente.

El primer trago lo damos en Beverly Hills, en una mansión señorial, donde nace una niña en 1956. Ser hija de la protagonista de «Cantando Bajo la Lluvia» y de uno de los intérpretes de «El Violinista en el tejado» quizás fuese lo de menos. Que el divorcio de sus padres –él se casaría con Elizabeth Taylor—fuera el mayor escándalo de su época, puede que también. Que su madre se casara con un zapatero ludópata –magnate del calzado, pero zapatero al fin–, eso nunca lo llevaría bien aquella niña diminuta de ojos enormes. La madre quería un padre para Carrie y su hermano Todd, más que un marido. Lo que encontró fue a un borracho y ladrón, que dilapida su fortuna, le roba las joyas para empeñarlas y continuar con su adicción al juego. Un sinvergüenza que introduce en la casa familiar a prostitutas disfrazadas de manicuristas que, según la propia Carrie, «le ayudaban con algo más que sus uñas». La niña le odia profundamente, testimonio de lo cual dan las numerosas cartas que escribe a su madre intentando lograr que se divorcie de él, mientras ella se encierra tras la puerta de su habitación y en el interior de los libros.

El primer trago es amargo, de decepción y desconfianza hacia los hombres, como un pomelo pasado de fecha.

El segundo trago lo damos en 1976. Una joven que apenas ha cumplido los veinte años acude a una audición para el casting de una película independiente de fantasía, un western con caballeros andantes y malos de opereta que no iba a tener ningún futuro comercial, tanto que su director cobraría una miseria insignificante a cambio de la financiación del proyecto y los derechos de merchandising. La joven ya había participado en varios proyectos pequeños, y no esperaba gran cosa de aquella producción insignificante, a pesar de que amaba el guión. El primer día de audición, Carrie tiene como réplica a un actor amateur llamado Harrison Ford. Es alto, es guapo, tiene carisma y muy poca suerte. Tan poca suerte que tiene que pagarse la vida en Los Angeles como carpintero, montando cocinas. Ford ya ha trabajado antes con George Lucas en «American Graffiti», por lo que el director no le quiere, así que, por compasión, le ponen a dar réplicas en lugar de mandarle a su casa. Cabreado, Ford devuelve todas las réplicas en un tono chulesco y pasota, que empasta a la perfección con la firme determinación, no exenta de candidez, de Carrie Fisher. Ninguno de los dos estaba destinado a ser Han y Leia, pues Lucas quería a Meryl Streep y Al Pacino. Pero finalmente cambia de idea y contrata al carpintero y la novata. La joven no sabe aún que se enamorará perdidamente de Harrison Ford, con el que tendrá un intenso affaire durante tres meses, noventa días con sus noches. «Tan fuerte que de lunes a viernes solo éramos Han y Leia, y el fin de semana ya volvíamos a ser nosotros cuando dejábamos de vernos». Ford era un hombre casado, por supuesto. No importaba. Solo importaba vivir, vivir, vivir.

El segundo trago es salado y metálico, lleno de intensidad y de fuerza, como un mordisco en los labios.

El tercer trago lo damos muy cerca, en 1977. El mundo se vuelve loco con «La Guerra de las Galaxias». Aquel pequeño film independiente es la película más taquillera del año, opta al Oscar a la mejor película y sus protagonistas son ya estrellas mundiales. Contra todo pronóstico, la vida de la devoralibros, de la joven que intentaba abrirse camino, pasa a ser de dominio público. El dinero entra a espuertas, y con él la atención exacerbada, el ruido y la furia. Carrie Fisher comienza a hacerse pequeña, mientras crece, enorme en su túnica y sus ademanes regios, la sombra de la princesa Leia Organa, empujando muy despacio a la niña hacia el precipicio.

El tercer trago es dulce y afilado, como una piruleta rellena de clavos que no puedes dejar de chupar.

El cuarto trago se reparte durante décadas, suavizado los primeros años por los restos del dulce en la boca, que no bastará para ocultar lo que estamos bebiendo. Son los años en los que los demonios ganan. Los años en los que ama y odia a Lucas, en los que su trastorno bipolar va creciendo y creciendo, en los que la cocaína y las sustancias sirven para equilibrar sus periodos de manía y depresión. Son los años en los que, al igual que se sube a una caja en muchas escenas para estar a la altura de Harrison Ford –que mide treinta centímetros más que ella–, siente que no está a la altura y que le han quitado la caja en la que podría subirse. Son los años en los que volverá a los libros a gritar pidiendo socorro, esta vez desde el otro lado de las páginas. Son los años en los que escribe «Postales desde el Filo» (1987) y otras cuatro novelas semiautobiográficas, mientras el suelo le resbala bajo los pies y su nariz se queda siempre a un milímetro de la superficie.

El cuarto trago es ácido y oscuro, como una madrugada que nunca parece terminar.

El quinto trago llega en 2015, el año en el que regresa, triunfante, al papel de su vida, el papel que la encumbra y la destroza, en «Star Wars: El despertar de la Fuerza». «Llevaba años sin actuar, y estaba muerta de miedo. Pero cuando vi a Harrison de nuevo, la princesa Leia volvió a la vida».

Nadie, ni siquiera ella misma, creía que aquello podría ser posible. Cuando despertaba en callejones oscuros y en camas ajenas, cubierta de vómito y de suciedad, cuando se arrastraba en busca del siguiente chute, del siguiente subidón, nunca pensó que algún día volvería de nuevo, por la puerta grande, en un último adiós, como la santa patrona de esa Cofradía del Clavo Ardiendo que es la Rebelión. Igual que Leia, nunca terminó de rendirse del todo, incluso cuando los cañones de la Estrella de la Muerte la apuntaban directamente a la cara.

El quinto trago es una cucharada a la sopa de tu madre, muchos años después de que nunca creyeras volver a probarla. Es creer de nuevo, regresar a la infancia, igual que Carrie Fisher ha regresado a los brazos de la Fuerza. Se va la persona, pero queda, para siempre, la Princesa.

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