Festival de cine

Cannes cumple setenta años con ansia de modernidad

El viejo cine francés, el nuevo neoyorquino, lo último oriental, el toque griego de Lanthimos y el alegre Haneke, en un vastísimo programa sin la menor huella del cine español

Trabajadores colocan el póster oficial del Festival de Cine de Cannes, que se celebra entre el 17 y el 28 de mayo
Trabajadores colocan el póster oficial del Festival de Cine de Cannes, que se celebra entre el 17 y el 28 de mayo - EFE
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Cuando mañana se inaugure el Festival de Cannes con la película de Arnaud Desplechin «Les fantomes d’Ismael», con un cuarteto estelar del cine francés, Mathieu Amalric, Marion Cotillard, Charlotte Gainsbourg y Louis Garrel, uno podrá ya respirar tranquilo ante la espesura del bosque cinematográfico que lo espera: el árbol de Desplechin, si no tapado, lo habrá convertido en un lugar deseable para adentrarse en él. Tan dramáticamente intenso Desplechin, con ese puntito insoportable de algunos de estos grandes actores, con un (previsible) catálogo de tics de autoría en Amalric, un director de cine con doble carga pesada antes de comenzar un nuevo rodaje… La sensación es que uno huirá alegremente como Bilbo Bolsón al interior de ese inmenso bosque.

Diecinueve películas a competición, otras nueve fuera de ella, dieciséis proyecciones especiales (cuál no lo es en Cannes), dieciocho en la llamada Une Certain Regard, lo que caiga por la Quincena de Realizadores y secciones paralelas y homenajes… En fin, el Festival de Cannes siempre produce esa primera impresión de un gigantesco frutero rebosante de todo tipo de frutas y en la que se presiente también un triste membrillo, uno mismo.

Puesto que en esta edición el presidente del jurado es Pedro Almodóvar, y que junto con él aparecen prestigiosísimos nombres del cine actual (Paolo Sorrentino, Park Chan-Wook, Maren Ade, Jessica Chastain, Will Smith…), se puede señalar ya la difícil tarea que tienen por delante, pues de los diecinueve títulos que optan a la Palma de Oro, al menos una docena vienen firmados por directores que son muy favoritos de antemano a ganarla.

Michael Haneke, Naomi Kawase, Fatih Akin, Hong Sangsoo, Michel Hazanavicius, Todd Haynes, Sofia Coppola, Yorgos Lanthimos, Andrey Zvyagintsev, Bong Joon ho, François Ozon, Noah Baumbach… Cualquiera de estos, y de algún otro, significaría una decepción que no llegara al último día con su película entre las favoritas o, al menos, colocada para ganar la Palma de Oro. Y sería una sorpresa que consiguiera el gran premio cualquiera de los otros directores que compiten, como el franco marroquí Robin Campillo, los neoyorquinos Benny y Josh Safdie (curiosamente, en el mismo hálito de modernidad que Noah Baumbach pero de una década posterior), el húngaro Kornél Mundruczó, el francés Jacque Doillon, con una carrera ya más dilatada que el labio de una africana de la tribu mursi, o la escocesa Lynne Ramsay, aunque a algunos les gustara tanto aquella película suya titulada «Tenemos que hablar de Kevin».

Setenta edición

Tras este larguísimo párrafo, que cualquier lector habitual de informaciones previas al Festival se habrá sabiamente saltado, se puede decir que Cannes celebra su setenta edición, y por lo tanto ha llegado ya a esa edad en la que se necesita parecer moderno. Obsérvese la espina dorsal de la edición: Almodóvar, presidente del jurado; el cine americano representado por Noah Baumbach, los hermanos Safdie y la modernez clásica de Haynes; el griego «cool» y multidisciplinar Yorgos Lanthimos («Canino», «Langosta”», el estético y romántico Hong Sangsoo, el molón Hazanavicius, con una biografía de Jean Luc Godard… Y un par de santones para disimular, como Haneke y Doillon. Y como aderezo, la polémica del cine francés con Netflix, que ya es el colmo de lo moderno.

De la Sección Oficial que no entra en concurso, reduciremos la lista solo al trío de santones, Alejandro González Iñárritu, que presenta en «Carne y arena» su faceta más experimental; Roman Polanski, que trae “D’après une histoire vraie», con guión de Olivier Assayas (total, nada), y el veteranísimo japonés Takashi Miike, con «Blade of the inmortal». Y entre las llamadas Proyecciones Especiales están los «24 frames» de Kiarostami, el «Twin Peaks» de David Lynch, las novedades de Jane Campion, André Téchiné y Barbet Schoroeder, y películas firmadas por actrices como Vanessa Redgrave («Sea Sorrow», un documental activista sobre la crisis mundial y los refugiados) y Kristen Stewart, con un cortometraje de mucho alarde artístico titulado «Come swim».

Apartado especial

Un apartado especial que ya es tradición del festival de Cannes es la presencia del cine español en la cita cinematográfica más importante del mundo, y que usualmente se puede contar con los dedos centrales de una mano. En esta ocasión, es aún más fácil: ninguna. El baranda del certamen, Thierry Frémoux, justificó la total ausencia de cine español (y en español, pues sólo se ven dos títulos, el argentino «La cordillera» y el mexicano «Las hijas de abril», con ¡Emma Suárez!, y en la sección Une Certain Regard) con una frase que alguien debería grabar en un mármol: «España estará muy bien representada en esta edición con la presencia de Pedro Almodóvar». Podemos respirar más tranquilos. Igual que el cine italiano, también magníficamente representado sin películas por la presencia en el jurado de Sorrentino y… ¡la bomba!..., por Claudia Cardinale en el cartel de la edición, una fantástica fotografía de la actriz en un golpe de revuelo de falda y de baile que le pone un punto de alegría Macarena a lo que nos espera.

Como es comprensible, tal cantidad de películas no van solas a Cannes, y la alfombra roja de la escalinata al Palais de la Croisette soportará la mayor concentración de estrellas y de «brazos-selfies» que habrá durante esos días en el mundo. Es imposible no tomar un café o cenar en una mesa sin que haya en las proximidades algún mito viviente, tipo Nicole Kidman, Robert Pattinson, Julianne Moore o Marion Cotillard. Con lo que eso de sorber spaghetti da como cosa.

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