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El aviso

Raúl Arévalo: «No tiene sentido hacer películas españolas con actores que hablen como americanos, es ridículo»

El intérprete vuelve a trabajar a las órdenes de Daniel Calparsoro en «El aviso», un thriller de intriga en el corazón de Madrid

Raúl Arévalo, en una escena de El aviso
Raúl Arévalo, en una escena de El aviso
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La irrupción de Raúl Arévalo en la dirección con la deslumbrante «Tarde para la ira» (2017) demostró que el mejor thriller podía hablar castellano. «Mi universo propio es algo muy español, muy cañí», decía el actor y director a ABC. Ese mismo año coprotagonizó «Cien años de perdón», de Daniel Calparsoro, otra intensa película con lo mejor del género. Ahora, la pareja vuelve a colaborar en «El aviso», un cóctel de acción e intriga que mantiene los códigos del thriller pero con un toque castizo.

«Hemos mantenido el ritmo americano pero lo hemos humanizado», explica Daniel Calparsoro tras descubrir que el proyecto arranca con un guion para el cine de allí que adaptaba la novela homónima de Paul Pen. «El espectador va a apreciar que sea una película que sigue las normas y el ritmo al que estamos acostumbrados, pero con personajes reconocibles, y al serlo, sientes la historia más cercana». Unas palabras que ratifica su protagonista, Raúl Arévalo: «No encuentro sentido a hacer películas españolas con actores españoles que hablen como los americanos y vayan a comer a un burguer. Eso es ridículo. Cada vez hay menos prejuicios para hacer thrillers con identidad. La idea es contarlo desde un sitio que es tuyo, que te creas, que lo reconozcas», defiende.

Raúl Arévalo interpreta a un brillante matemático que descubre una intrigante relación numérica entre las fechas de varios asesinatos en un punto concreto de Madrid. El único nexo común de esos crímenes, que se han sucedido a lo largo de los años, es ahora una estación de servicio en la periferia de la gran ciudad. Es difícil avanzar mucho más de la trama sin caer en el temido destripe que haga que la sorpresa se desvanezca, tan solo advertir que Jon, el personaje principal, se obsesiona por salvar la vida de un niño al que los números apuntan como futura víctima. «Raúl invade toda la película porque él es el que la arrastra», desgrana el director. Un piropo que le devuelve su actor fetiche: «Quería volver a trabajar con Daniel. Disfruté mucho en el pase que nos hizo para el equipo, y una vez que disfrutas en ese pase es mucho más fácil vender la película. La putada es cuando no te gusta y la tienes que vender, que ha pasado», revela sin pelos en la lengua el hiperactivo Arévalo.

Si por algo se ha caracterizado el cine de Calparsoro en su última época es por querer llegar al público más comercial, un estilo «palomitero», en palabras de Raúl Arévalo. Un adjetivo por el que el director no solo no se ofende sino del que presume: «Es “palomitera” y también “cervecera” porque después de verla te vas a tomar unas cañas y comentas las muchas teorías que has estado viendo. Y eso es un logro».

Para pensar o solo mirar

El espectador que prefiera entrar a la sala con el cerebro activado y la suspicacia a flor de piel encontrará un trasfondo que comparte con «Cien años de perdón», a la que el director define como «la historia de un atraco sin más». Pero claro, a veces el contexto hace que cada cual quiera fijarse en un detalle u otro. «Cuando se estrenó “Cien años de perdón” acababa de saltar uno de los tantos escándalos de corrupción de nuestro país, y se quiso ver una crítica social por ahí», explica dos años después de aquel estreno. Entonces, ¿cuál es el mensaje de «El aviso»? «Es una peli para pasar el rato y disfrutar, pero también tiene su trasfondo. Lo que pasa es que no está en primerísimo término para machacarte, sino que si quieres leerlo lo lees y si no, no. En realidad, es una película sobre la incomunicación», responde seguro el veterano cineasta.

De la corrupción a la incomunicación, de 2015 a 2017, la actualidad parece cercar el mensaje de sus películas: «Sí, en España hay un problema de comunicación importante. Si cada uno está cerrado en su teoría, o en su gran verdad, cada vez cuesta más sentarse a dialogar y llegar a acuerdos comunes, que es la única manera de salir adelante. Es verdad que está de actualidad la incomunicación, y es una pena que lo esté», remata. .