Últimos días en la Habana (***): Fresa y chocolate amargo

La política apenas se roza, pero puede sentirse el olor a cerrado de la isla, con orificios surrealistas

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No es que «Fresa y chocolate» retozara en la comedia, pero Fernando Pérez («La vida es silbar») concede aún menos motivos para la alegría que Gutiérrez Alea con su título más conocido. Esta Habana huele a despedida, más decandente que nunca. En una de sus casas está situado el escenario de esta película teatral, sobre la profunda lealtad entre Diego, un homosexual moribundo, y Miguel, que lo cuida con abnegación mientras espera el visado para emigrar a Estados Unidos. Son dos personajes potentes, aunque uno sea incapaz de expresar sus sentimientos. En eso también contrasta con su amigo, que ya solo quiere una cosa: «Ver unos genitales en tercera dimensión y después morirme».

La historia ahonda en el origen de esta extraña pareja, excompañeros de colegio que comparten un misterio que va saliendo a flote sin terminar nunca de emerger. Lo importante es que son dos hombres caídos en desgracia, uno por desafecto a la revolución y el otro por sus gustos sexuales, acosado por familiares que sobrevuelan la herencia. La política apenas se roza, pero puede sentirse el olor a cerrado de la isla, con orificios surrealistas: discusiones sobre la Liga en una peluquería y pintadas impensables en otras latitudes: «Nada valgo sin tu amor».

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