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«¡Lumière! Comienza la aventura»: La magia hipnótica de los primeros pasos

Thierry Frémaux recopila, agrupa y explica con voz en «off» la obra de los Lumière y consigue con ella establecer un diálogo con la ficción

Escena de «¡Lumière! Comienza la aventura»
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El cine es Chaplin, es Bogart, es Marilyn, Wayne, Ford, Wilder y hasta el Festival de Cannes. Todo el mundo lo ama profundamente por eso, y por varios centenares más de nombres y circunstancias. Pero el cine es también algunas cosas más, una emoción, un estado de ánimo, una ilusión, una aventura…, y nos paramos aquí: una aventura que comenzó en 1895 con los hermanos Lumière y con su visionario artilugio para cambiar el arte y la industria del siglo XX. Y con esta película nos plantamos en el «rosebud» del cine, en el instante en el que arranca la aventura, en un documental documentadísimo sobre el albor del más feliz hallazgo artístico que nos ha legado la época justo anterior a nuestra época. El causante de esto que se puede considerar como el Antiguo Testamento del cinéfilo es Thierry Frémaux, que dirige el Festival de Cannes y el Instituto Lumière de Lyon, y que hace aquí una obra maestra de la recopilación, del hipnotismo y de la explicación de la ingente obra de aquellos tipos que nos inventaron el futuro.

La imagen y la emoción en movimiento, una selección de un centenar largo de los instantes pioneros del cinematógrafo, peliculitas de apenas un minuto, llenas de belleza plástica y de ese aroma narcótico del mundo muerto que renace y evoca vida eterna, y que convierten la mirada del espectador del siglo XXI (tan inundada de imagen) en la de un niño que mira, ve y siente por primera vez: en un espectador pionero que admira y se sorprende ante el embrión de todo lo que ha sentido alguna vez.

Thierry Frémaux recopila, agrupa y explica con voz en «off» la obra de los Lumière (obreros que salen de una fábrica, trenes que llegan a la estación, niños que respiran ante la cámara, lugares, calles, de los que ya no hay ni polvareda de memoria…) y consigue con ella, documental puro, establecer un diálogo con la ficción. De hecho, y en los márgenes del magnetismo fantasmagórico y la belleza de las filmaciones, lo que consigue esta obra es deshacer y orientar una idea aceptada, esa de que los Lumiére inventaron el artilugio y su mera función reproductora y Georges Méliès inventó la ficción, su poesía y espectacularidad. La voz de Frémaux recoloca, ante las imágenes que lo prueban, esa idea y nos descubre a unos artistas del relato, unos maestros del encuadre, la luz y la intención, y a unos auténticos creadores de «historias», cuentos y géneros.

Hace ya décadas que el cine corre que se las pela, pero es aquí, en esta mágica película, en la que uno encuentra la belleza sublime de los primeros pasos, algo así como el instante irrepetible, fascinante, en el que Carl Lewis empezó a andar.