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Crítica Jurassic World, el reino caído: Gran bayonetazo al mundo de Spielberg

Bayona ha hecho la mejor de la serie desde que Spielberg era joven

Imagen de Jurassic World: el reino caído
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La segunda mejor idea spielbergiana para afrontar esta secuela de «Jurassic World» ha sido darle le dirección de los mandos a Juan Antonio Bayona, que tiene una acreditada facilidad para hacer cine imposible, además de un singular modo de bombear sentimientos al corazón del terror. Recoge el testigo del director de la primera entrega (de esta segunda serie), Colin Trevorrow, que es, también, el guionista de esta última, y le provocan a la película un volcán físico y emocional con la que es la primera y mejor idea: ¿en qué lugar de nuestra sociedad tan volcada con los derechos de los animales se colocan estas especies recicladas y manipuladas genéticamente, aun sabiendo que algunas de ellas ponen en peligro la civilización?, ¿qué es lo natural, permitir de nuevo su extinción o evitarla?...

El dilema impregna por completo toda la película, y le permite a Bayona algunos de los momentos más «políticos», polémicos, manipuladores y sentimentales de toda la saga, con un dinosaurio despidiéndose de su lugar en el futuro entre el desmoronamiento de la Isla Nublar… Como en las viejas películas de Tarzán, lo civilizado no está en los comportamientos del «hombre blanco», siempre con la bala en la recámara, sino en el respeto a los «otros», la educación (Chris Pratt como maestro de velocirraptores), la convivencia siempre tan complicada y la aceptación de que todo, el mundo entero, es un parque temático.

Bayona exprime el espacio de la Isla Nublar hasta que le entrega su última gota, y tiene aún la osadía de encontrarle a sus monstruos un territorio más clásico y propio del cine de terror: una gran mansión, y es ahí donde demuestra personalidad como director y le ofrece a un descolocado espectador una magnífica ensalada de brutal tensión, espectacular incoherencia argumental, dudas existenciales y ecológicas (¿aprieto o no el botón rojo?), dientes, carreras y corazón, pero en un malicioso juego a pena cambiada: hacia quiénes y por qué se dirige la aflicción del público.

La pareja Chris Pratt y Bryce Dallas Howard funciona con la misma química y tono que en la película anterior: Pratt es el actor que mejor corre de espaldas a la cámara y Howard podría ser ministra en el Gabinete de Sánchez. La parte infantil (sin niño en peligro no hay «jurassic effect») la borda la niña Isabella Sermon. Sí, se puede decir: Bayona ha hecho la mejor de la serie desde que Spielberg era joven. Y le abre las puertas de par en par.