El jugador de ajedrez (***): Las vueltas que da el tablero

La película narra la mirada de un hombre decente y romántico, y una peripecia llena de amargores, dulzuras y dramas

Escena de El jugador de ajedrez
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Como en «El séptimo sello», el personaje central de esta película, Diego Padilla, juega una partida de ajedrez contra la Muerte, aquí vestida de oficial nazi, y es un momento (el mejor de la película) que te hace amar el cine por cómo lo cuenta y el ajedrez por lo que cuenta. El oficial da por perdida la partida y el joven ajedrecista voltea el tablero y coge sus fichas y mueve hasta que el oficial vuelve a dar por perdida la partida, pero Padilla voltea de nuevo el tablero y a conseguir la misma situación ventajosa… Puede uno quedarse prendado de las reflexiones que todo esto provoca hasta el punto de perderse el hilo de esta historia sobre un hombre que escapa por amor y convicciones (o falta de ellas) de nuestra Guerra Civil y cae en una Francia ocupada por los nazis. El marco bélico del relato sirve en esencia para desbaratar la eventual decencia y conciencia del alma humana, que encuentra en estas situaciones la ocasión de mostrar lo peor de sí misma; aunque, en el fondo, la película narra la mirada de un hombre decente y romántico, y una peripecia llena de amargores, dulzuras y dramas.

Es un buen trabajo de Luis Oliveros (con guión de Julio Castedo, autor de la novela) levantado a pulso, con una producción dignísima y una ambientación y temperatura adecuadas, y con un punto de vista impermeable a tópicos gerracivileros. Marc Clotet encarna bien la sencillez y atractivo de su personaje, y Melina Matthews adorna el suyo con indudable encanto. Y esa cita de fascinación y tragedia admite esa suave inclinación final hacia el melodrama.

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