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The Florida Project: Al final del arcoíris

La grandeza de esta película proviene de haber encontrado un escenario perfecto para constituirse en una metáfora natural

Madre e hija, más madura la segunda que la primera, en la acera del motel californiano en el que viven
Madre e hija, más madura la segunda que la primera, en la acera del motel californiano en el que viven
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Si el mejor cine indie de EE.UU. se define por establecer un «fuera de campo» de la gran industria, la grandeza de esta película proviene de haber encontrado un escenario perfecto para constituirse en una metáfora natural de otro fuera de campo: los moteles que rodean la zona en donde Disney edificó su llamado proyecto de Florida, su campo de sueños, su parque temático de fantasía. Hoy esos moteles baratos (el que ambienta la acción se llama Magic Castle…) no albergan familias felices de camino a Disneylandia sino a un puñado de desheredados del sueño americano; residentes fijos de motel a los que cambian periódicamente de habitación para que no adquieran derechos de residencia como un okupa cualquiera.

Lo dicho, metáfora perfecta y panorama desolador: algunos de esos edificios de chillones colores pastel (la estética Miami más la estética Disney; imaginen) están en ruinas, como una versión pop de esas urbanizaciones abandonadas de nuestra pasada burbuja inmobiliaria. El mérito de Sean Baker (que triunfó con su anterior joya en miniatura, «Tangerine», rodada con… un teléfono móvil) reside en no caer en la pornomiseria, como diría el amigo (e inventor del término) Luis Ospina, ni en el morbo.

Baker, loado sea «San» Luc Godard, no es Larry Clark ni siquiera Harmony Korine. Los pobres habitantes de este motel son la sal de la tierra, al menos esa pandilla que nos presenta de mocosas asilvestradas de seis años cuyas travesuras pueden ser letales. Pero Baker sabe verlas desde la misma inocencia que ellas conservan intacta y ha tenido la suerte de descubrir en Brooklynn Prince, la protagonista, una mirada al nivel de Ana Torrent o de la Laia Artigas de «Verano 1993».

Generoso, Baker mira con igual falta de moralismo a los adultos –son todas mujeres sin marido– que malcuidan a sus infantes, si bien se reserva un personaje de ángel de la guarda irresistible para el tantas veces inquietante Willem Dafoe. Y nos reserva a nosotros espectadores un final tan emocionante como la canción de «santa» Judy Garland que hablaba de ese arcoíris inalcanzable para estas niñas.