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El editor de libros (***): El torrente literario por el grifo de la publicación

«El guión es cristalino y sabe esconder la «suciedad» en sus esquinas, el juego equívoco de las relaciones, los celos, el equilibrio entre lo que se da y lo que se quita a una obra de arte…»

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Película impecable, vestida, escrita y dicha con notable gusto y elegancia, todo ello tan en desuso como de lo que realmente habla: de la aceleración imparable de la fuerza creativa y del freno y la pausa del trabajo bien hecho. Y cruza dos modelos de vida para empapar la pantalla de ello, el del gran editor Max Perkins, un tipo meticuloso que impulsó la obra de escritores como Hemingway o Scott Fitzgerald (sólo apuntes de personaje en la película), y el del extravagante, impulsivo y genial escritor Thomas Wolfe.

Tan distanciados en personalidad como los dos singulares actores en su tono interpretativo. Colin Firth hace un complejísimo trabajo interior que recubre su apacible y pulcro aspecto exterior, y sugiere todo el entramado de emociones de alguien que pastorea la literatura salvaje y torrencial de Wolfe, al que Jude Law consigue descoyuntar en lo físico y en lo emocional, transmitiendo toda la tortura de escribir y vivir atropelladamente.

La propia piel de la película, bañada de una luz triste y emotiva, deja entrever la influencia casi solar de ese escritor asfixiante en su entorno, tanto en la gris existencia del editor como en la vida de esa mujer-circunstancia que interpreta con total doblez Nicole Kidman. El guión es cristalino y sabe esconder la «suciedad» en sus esquinas, el juego equívoco de las relaciones, los celos, el equilibrio entre lo que se da y lo que se quita a una obra de arte…, la ambientación y las interpretaciones son notabilísimas…, pero hay un vuelco de pasión, o de verdad, que la película no llega a derramar por completo, como si fuera una emoción fría, o como mucho recalentada.