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«Dunkerque» (*****): Medios, ambición y talento

Puede que el mayor milagro haya sido rodar, a estas alturas, una película bélica distinta a todas las anteriores

Una de las escenas de «Dunkerque»
Una de las escenas de «Dunkerque» - ABC
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Hay tanto que contar de esta película que es preferible ir a sentirla directamente, no vaya a sobrevenir el fin del mundo. Christopher Nolan sumerge al espectador en la experiencia desoladora de la muerte. Se ha calculado que un corazón medio pierde un tercio de su volumen cuando echa el telón «Dunkerque», una historia simple contada con un alarde técnico asombroso, sobre todo por su invisibilidad. Es el truco final coronado por un mensaje positivo, de esperanza en nuestra especie.

La historia avanza a diferentes velocidades, que sin embargo no despistan. Al cineasta británico le encanta fabricar cajas chinas, matrioshkas narrativas. Baraja las semanas, los días y las horas como un prestidigitador, pero sin la complejidad de los universos paralelos de «Interstellar», los sueños enroscados de «Origen» o la historia al revés de «Memento». El ardid le ayuda a cambiar el cuadro general de la guerra, de la que apenas deja esbozos, por el primer plano de quien aún no sabe si será un héroe o un cobarde. El personaje capital es un señor modesto (Mark Rylance), encarnación del valor anónimo, anhelante de salvar vidas pero indiferente a las medallas.

Otro hallazgo es lo que no se muestra. No hay miembros despedazados, esvásticas ni banderas. La película es «antinazi», pero por estética inversa, extirpados la grandilocuencia y los discursos. Y si hay movimientos de masas, aparecen acobardadas; incluso recuerdan a los refugiados en sus pateras. Se hace apología del esfuerzo individual, del triunfo de otro tipo de voluntad. Nolan debe más al Spielberg de «El diablo sobre ruedas», con un enemigo sin rostro, que al soldado Ryan. La estética de la violencia es sustituida por la del miedo, más profunda.

No menos importante es la textura que proporciona el pincel de otro maestro, Hoyte Van Hoytema, un genio de la cámara. Hans Zimmer compone una banda sonora soberbia, abrumadora con sus sonidos de muerte, aunque algo obvia en sus pasajes épicos.

Puede que el mayor milagro haya sido rodar, a estas alturas, una película bélica distinta a todas las anteriores y a la filmografía propia, sin perder el sello de una caligrafía magistral. El estilo está al servicio de una idea, no de una ideología, sin odio ni altanería, con piedad por los que sufren. Hay respeto por el oficio de soldado, por la carne de cañón. Hay también sangre, sudor y lágrimas, pero no se banalizan derramándolos por la pantalla, donde sí rezuman los medios, la ambición y el talento de un director que evoluciona y supera su reto: proporcionar una experiencia única, algo que el espectador no puede (ni debe, por su bien) vivir fuera de una sala de cine.