La cura del bienestar (**): Locura y malestar

Película con destellos de cine elegante y de trama con cierto interés que desaparecen rápido entre una abúlica mezcla de intenciones

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Lo más sorprendente de esta extraña película es que su director, Gore Verbinski (de filmografía más revuelta que un «risotto»), haya necesitado dos horas y media para contar una historia que cualquier maestro del cine de intriga de la serie B bordaría en poco más de una hora.

El molde estaba hecho, joven cuitado, sanatorio idílico, intríngulis evidente, doctor con malas vibraciones…, pero la película se eterniza echándole leña a ese fuego ya quemado. Tiene interés la descripción del lugar, una especie de balneario en medio de los Alpes suizos, y el clima y la sugerencia visual de que la entrada allí es como entrar al castillo de Drácula, con ciertos destellos de cine elegante y de trama con cierto interés que desaparecen rápido entre una abúlica mezcla de intenciones (parodia, intriga, terror, ciencia ficción, crítica social…) y una absoluta falta de interés hacia el protagonista, que interpreta Dane DeHaan como pidiendo una camisa de fuerza, y del villano, Jason Isaacs, que apechuga con un personaje deshuesado y fofo.

El argumento tiene acaso la virtud de una progresión constante, aunque a peor, y consigue irse trasladando desde el delirio al disparate, aunque sin acabar de perder un cierto aroma como de cine moderno, y que puede satisfacer a las miradas más snob, que no es difícil que vean radicalidad y riesgo en su crítica (tan naïf, tan vulgar) a la sociedad, al dinero, al poder…, muy en ese estilo bobalicón del podemismo.

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