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Crítica de En cuerpo y alma: Largo camino hacia el amor

Esta peculiarísima «love story» marca el retorno de una cineasta húngara que se prodiga poco

«En cuerpo y alma»
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Flamante Oso de Oro en la Berlinale de este año, esta peculiarísima «love story» marca el retorno de una cineasta húngara que se prodiga poco (tres largos en otras tantas décadas) pero que suele dejar huella. El título sugiere una dicotomía difícil de concretar, por lo excéntrico de sus dos (presuntos) polos. Del lado digamos orgánico, la acción tiene lugar en un matadero, mostrando gráficamente –dentro de una tradición fílmica que va de Vertov a «La sangre de las bestias»– la necesaria violencia que permite obtener ese filete que luego devoramos sin sentido de culpa. Del lado de los sentimientos, los placeres de la carne (no la de vaca) están bastante ausentes de la relación entre los protagonistas que se conocen de trabajar en el matadero, encarnados por una excepcional pareja de actores cuyos nombres no les dirán nada. El vive la vida con una especie de distancia cósmica y ella desde el terror de una condición autista. El hecho de que compartan un sueño idílico de ciervos felices es una licencia artística tan desopilante que nos gana de inmediato, y además permite introducir el inefable personaje de la detective que investiga el robo de un afrodisiaco para el ganado… Pero estos rasgos de exceso no contaminan el tono dominante de la película, ascético, minimalista, con una obsesión también un poco autista por el detalle.