Episodio 8 de Star Wars

Crítica de Star Wars: Los últimos Jedi: El Halcón será milenario pero la franquicia es anual

«La fábrica de sueños se convierte en dispensador de dosis para "nerds" como los académicos de "The Big Bang Theory". Me parece más cansina que entretenida pero tiene elementos que la redimen»

Vídeo: Trailer del Episodio 8, Star Wars: Los últimos Jedi
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Esto de «Star Wars» es como la Navidad, mejor dicho, como los fastos que se organizan en su torno. Algo estruendoso, ubicuo e inescapable, sobre todo ahora que es propiedad de Disney: el Halcón será milenario pero la franquicia es anual y ya están mirando de hacerla semestral. Es, además, adorada por millones de personas, una comunión de las masas incluso para los que no van a esas convenciones de cómic donde anuncian las nuevas entregas: en eso se ha convertido el Hollywood que Lucas y Spielberg ayudaron a construir, la fábrica de sueños (dicho sea sin el sentido peyorativo, de opiáceo del pueblo, que le otorgaba Ehrenburg) se convierte en dispensador de dosis para «nerds» como los académicos de «The Big Bang Theory».

Navideña es también la saga galáctica porque atacarla es como amargar la fiesta a los devotos. Ya vemos que no eres fan, me dirán (oigo el clamor), pero ¿qué tal es la peli, rayos y centellas? Admitiendo que no es lo mismo hablar desde dentro que desde fuera, y desde una estricta posición de observador externo (incluso hostil) que regresa a la saga después de muchos años, como la simpar Carrie Fisher, puedo adelantar que me parece más cansina que entretenida pero tiene elementos que la redimen. Hay como siempre robots y bichos (al comprar la franquicia Disney se ha encontrado hecha la campaña de juguetería posterior que es donde está el dinero), incluso una adición muy cuca, los porgs, que le darían arcadas al Joe Dante de los gremlins. Los villanos oscuros, “men in black”, no han renovado su uniforme, ni su cavernosa voz, en cuarenta años: Andy Serkis está genial, como siempre, pero hubiera estado bien ponerle al día, un mechón de pelo naranja, o algo.

La película Star Wars: Los últimos Jedi, 150 minutos de nada, resulta muy abigarrada. Las batallitas con naves, el «money shot» de la saga, son eficaces y me sorprendió ver que eran de duración limitada, o sea, soportable. Tiene, por otro lado, demasiados personajes y tramas secundarias: relega a un actor como Oscar Isaac casi al banquillo y la encomiable voluntad de añadir diversidad de géneros y razas hace que se desaproveche el potencial de una Laura Dern, entre otros.

La gran sorpresa para este escéptico es que lo más ridículo de toda esta maldita saga, el concepto de la Fuerza (mucho mejor es lo del «condensador de fluzo») alimenta las mejores escenas y el casi emotivo final. Todo lo que se dice de ella sigue pecando de un solemne panteismo barato pero en vez de tratarla, como otras veces, como un mcguffin (un recurso de usar y tirar), el guionista y director ha optado por convertirla en eje de un poderoso debate moral a tres bandas, con dos actores excepcionales (Daisy Ridley y Adam Driver, sobre los que descansa el futuro de la saga) y un tercero que está porque tiene que estar (es, ejem, Mark Hamill) pero que al menos esta vez no parece haberse dejado la tabla de surf en alguna cantina galáctica: la edad destroza pero también ennoblece a los actores. Véase si no la frase de Carrie Fisher (más que de Leia) sobre su aspecto, lo único que realmente me emocionó de la función.

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