Crítica The square: La incomodidad y el arte

Ganó la Palma de Oro en el pasado Festival de Cannes, y se puede decir que merecidamente

Fotograma de la película «The square»
Fotograma de la película «The square»
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Ganó la Palma de Oro en el pasado Festival de Cannes, y se puede decir que merecidamente, porque fue la edición más floja de los últimos años, y porque contiene tres o cuatro secuencias que descolocarán al espectador hasta niveles mucho más allá de lo incómodo, y especialmente una de ellas en la que el actor Terry Notary (imprescindible en la serie de «El planeta de los simios») imita con fino arte y gruesa agresividad a un mono enfurecido entre los asistentes a una cena de gala, con un efecto de terrible desamparo, impotencia y vergüenza a ambos lados de la pantalla.

Y de eso va la historia, de arte y agresividad, de la mezcla de provocación, hipocresía, cinismo y armonía que construimos alrededor del «hecho artístico» y el lugar en el que se rompen los límites. El protagonista es el director de un Museo de arte contemporáneo, y es en sus distorsiones familiares, profesionales y morales donde la historia nos coloca toda su carga metafórica para entender el mundo que pisamos, o que nos pisa.

El cineasta sueco Ruben Östlund propone una enmienda a la totalidad, con la excusa de carcajearse de la inanidad que con excesiva frecuencia rellena el arte contemporáneo: desde el papel de los medios de comunicación o la creatividad del «marketing» (mayor, sin duda, que en el arte en sí), hasta el funcionamiento de nuestros códigos morales, afectivos y sexuales (los momentos con la periodista que interpreta Elisabeth Moss son impagables). El tono es el de la comedia que se engulle los diversos dramas, y en el que lo íntimo y lo social (tan engarzado en nuestro mundo de escaparate) se impregna de una constante sensación de ridículo, de gracia, de ingenio y urticaria.

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