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Crítica de Sin rodeos: Maribel desencadenada

Nadie pone en duda el sentido del humor de Santiago Segura, tan evidente en sus incesantes apariciones televisivas como delante y detrás de las cámaras de cine

Santiago Segura y Maribel Verdú
Santiago Segura y Maribel Verdú
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Nadie pone en duda el sentido del humor de Santiago Segura, tan evidente en sus incesantes apariciones televisivas como delante y detrás de las cámaras de cine. Lo que podía esperarse menos es el dominio con el que se maneja en un terreno tan distinto como el de una comedia digamos fina, de línea clara, como es esta; y donde además el protagonismo es claramente femenino. Parece casi planificado: Segura estrena una película sobre una mujer que reclama su espacio y su dignidad en plena temporada de protestas femeninas en la calle y en ceremonias varias. Pero no seamos malpensados, ni le confundamos con su casposo personaje de «Torrente»: el cineasta confiesa que el origen de «Sin rodeos» es otra comedia de un compinche suyo chileno, Nicolás López, que le gustó hasta el extremo de montar esta adaptación.

Eso explica quizá que sea una pieza mejor construida que la clásica comedia de desmadre y descarrile con la que podría confundirse. Vease por ejemplo la controlada graduación del cabreo que va ganando a Paz, una Maribel Verdú perfecta, hasta convertirla en una prometeica y desencadenada Furia, con efe mayúscula de harpía griega. Aquello de que no hay mayor infierno que una mujer despechada, que decía el bardo, pero en clave de comedia blanca.

En línea con esa filiación feminista que le descubrimos, Segura parece dirigir mejor a las mujeres de su nutrido reparto; ninguna desafina (menos Alaska, pero eso nunca importó). Quizá sea que los hombres están aquí sólo para ilustrar diversas variedades de fastidio, pero es un placer ver a Candela Peña clavar un monólogo indigno del bardo, pero sublime (en lo escatológico), a Toni Acosta y las demás… hasta Cristina Pedroche sale bien parada del roce con tan ilustres payasas. La única posible pega es que la película está a punto de sucumbir por sobredosis o torrentazo de cameos: cuando un operario o un vecino de consulta resulta siempre ser un comicazo, casi es un alivio ver a algún secundario del que podamos decir, Tu cara no me suena. Pero si no tirara de tan abultada agenda, dejaría de ser Santiago Segura.