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Crítica de Un pliegue en el tiempo: Fantasía inane

El problema es que la sobredosis de efectos visuales y una incesante banda sonora que trata de cubrir los bostezos del propio relato no producen asombro ni sentido de lo maravilloso

La estrella de televisión Oprah Winfrey
La estrella de televisión Oprah Winfrey - ABC
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La Disney que de un pequeño estudio independiente ha pasado a ser emblema del actual Hollywood corporativo ilustra aquí sus peores defectos. Es una adaptación, dicen, de un conocido libro infantil y la directora subraya que es una obra para espectadores de 8 a 11 años; o para que conectemos con ese niño que aún llevamos dentro. Pero creo que es una excusa: ningún ejercicio de introspección, ningún proceso freudiano de regreso a la infancia le daría sentido a esta fantasía inane que mezcla conceptos de alta astrofísica con ideas dignas de una secta espiritualista o cienciologista. Pero esa mezcla de arrugas cósmicas y del amor familiar como combustible para el hiperespacio no es lo peor; ha habido premisas peores y hay películas de culto como «Los 5000 dedos del Dr. T» que seducen pese a navegar por similares coordenadas.

El problema es que la sobredosis de efectos visuales y una incesante banda sonora que trata de cubrir los bostezos del propio relato no producen asombro ni sentido de lo maravilloso. Hay fuegos de artificio, pero no hay chispa. Visitamos planetas ignotos, desiertos se trocan en bosques animados (como en el primer corto Disney nominado al Oscar) y aparece un trío de hadas madrinas estupendas (más chez Disney) pero ni por esas. La única virtud apreciable es que el reparto integra mujeres y personas de color (aunque la gran Oprah aquí parece Divine, el travesti de John Waters); pero eso es un consuelo en Norteamérica, donde se fijan mucho en esas cosas. Aquí preferiríamos algo más parecido a «Bitelchús».