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Crítica de «Petitet»: Una orquesta para la rumba del barrio

Bosch acerca su cámara al personaje, y alterna el elegante claroscuro con un naturalismo de barrio lleno de color

Escena del documental «Petitet«
Escena del documental «Petitet«
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El pasado octubre se celebró en el Liceo un singular concierto de rumba catalana y orquesta sinfónica, que fue el emotivo colofón a una aventura de tintes épicos de captación, adecuación y emoción de un centenar de artistas, capitaneados por la increíble voluntad de Petitet, hijo de Ramón «El Huesos», palmero de Peret, y hombre de un humor finísimo y aquejado de una grave enfermedad degenerativa.

Lo que nos muestra Carles Bosch, el director de este documental (y de otros muchos excelentes, como «Bicicleta, cuchara, manzana» o «Balseros»), es la odisea de este hombre desde que le hizo una promesa a su madre muerta (llevar la rumba catalana con una gran orquesta a un gran teatro) hasta la puesta en escena del insólito proyecto. Bosch acerca su cámara al personaje, y alterna el elegante claroscuro con un naturalismo de barrio lleno de color; se adentra en su enfermedad, en su familia, en sus sentimientos, de forma pausada, hasta que lo que empieza siendo un grupete con aire callejero del Raval se convierte, entre grescas y cariños, en un gran acontecimiento musical y personal.