Los misteriosos asesinatos de Limehouse (***): Sobredosis victoriana

Es un triunfo de la ambición, pero también una película que en su virtud lleva su penitencia

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Esta película es un triunfo de la ambición: demuestra lo que puede conseguirse con un presupuesto ajustado, máxime teniendo en cuenta que se trata de una producción de época ambientada en el Londres de 1880; pero también es una película que en su virtud lleva su penitencia.

El problema es que quiere abarcar todos los «marcadores» del mundo victoriano más unos cuantos más que se le van ocurriendo por el camino: una pareja de detective fino y subordinado castizo-watsoniano, calcada de Conan Doyle; la fascinación y represión de la sexualidad fuera de norma; una subtrama a lo «Eva al desnudo» en el mundo del music hall; la pobreza dickensiana y los crímenes de un Jack el Destripador que se ha visto «Se7en» demasiadas veces…

Aquí fue donde servidor tiró la toalla: no soporto esa idea tan fotogénica del serial killer que plantea cada asesinato como una performance, un display y un mensaje en clave para el investigadador. Y además añadir este tipo de recursos a todo lo anterior desequilibra una trama que acaba teniendo un poco de parque temático victoriano: la añeja productora Hammer hubiera podido hacer de 3 a 5 películas de «british horror» con todo lo que se apelotona en esta. En perjuicio, por ejemplo, de una mayor definición de unos personajes bien servidos por un impecable reparto: a uno le hubiera gustado ver cómo vive Bill Nighy la sugerida sexualidad de su personaje o, sobre todo, pasar más tiempo con la admirable Olivia Cooke, que confirma aquí el talento que desplegaba en «Katie says Goodbye» (en donde alicataba uno de los finales más conmovedores del cine reciente).

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