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Crítica de Las maravillas del mar: Otra de Cousteau: ¡chapeau!

Todo es asombroso y está atiborrado de buenas intenciones

Imagen de «Las maravillas del mar»
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Es un documental y está dirigido por alguien que se apellida Cousteau (Jean Michel, hijo de Jacques), por lo que el título no puede llevar a engaños: no se trata de cosas que se pueden echar a una paella, sino de un paseo con la conciencia en estado de alarma por esos fondos marinos tan llenos de vida, color, escaparates y modelos como Rodeo Drive. Todo es asombroso y está atiborrado de buenas intenciones, está narrado (y producido) por Arnold Schwarzenegger y trata de sumergir al espectador en ese mundo maravilloso al que todos deberíamos prestar tanta atención y cuidados como a nuestra anciana tía soltera.

No hay bajones narrativos, y uno asiste a lecciones asombrosas, a existencias insospechadas, a la hipnótica presencia de animalias diminutas, gigantescas, borgianas y dantescas, y al relato de que todos nuestros grandísimos problemas dependen en gran medida de sus pequeñísimas soluciones ecológicas: sin la birria del plancton no somos nada. Es un enorme divertimento enterarse de que, por ejemplo, el pulpo tiene más inteligencia que cualquiera de nuestros amigos, o de que el tiburón es un alma cándida, o de que un arrecife de coral vivo y sano está más surtido de productos que Mercadona…