La escala (**): La guerra después de la batalla

No hay excesiva profundidad ni en los diálogos ni en los comportamientos de los personajes pero sí hay enorme sensibilidad en las interpretaciones

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De la observación de un soldado que regresa de la batalla suele extraer una cámara de cine algunas de las más certeras verdades sobre la guerra, y lo peculiar de «La escala» es que la cámara se fija en dos mujeres soldados que vuelven de Afganistán, y no a casa, sino a una parada de tres días en un hotel de lujo en Chipre en lo que se denomina un tiempo de descompresión antes de volver a sus casas y familias.

La primera hora de película es muy elocuente y esponjosa para entender el sinfín de contradicciones en la línea que separa la guerra de la paz, pues a tiro de piedra de los conflictos conviven el turismo, la banalidad y la abundancia: pasan del burka al tanga.

Las directoras, Delphine y Muriel Coulin, hurgan también en otros conflictos, principalmente en la relación masculino femenino al establecer la conexión de estas mujeres con el resto de soldados de su compañía, cuya «descompresión» adquiere tonalidades distintas.

No hay excesiva profundidad ni en los diálogos ni en los comportamientos de los personajes, ni en la terapia de grupo para espantar las imágenes indeseables recientemente vividas, pero sí hay enorme sensibilidad en las interpretaciones de Ariane Labed y la cantante Soko, que no necesitan apenas texto para transmitir el desgarro que quiere contar la película.

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