La alta sociedad (***): Entre la antropofagia y la aerofagia

No es imposible divertirse con la historia gracias a la gracia de Fabrice Luchini y su caracterización del patriarca burguesote y tonto de capirote

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Bruno Dumont lleva al menos dos décadas siendo el joven malote del cine francés, aunque su estilo severo, disuasorio (aburrido), ha cambiado en su último trayecto desde que hiciera esa serie para la televisión francesa titulada «Petit Quinquin», cuatro episodios de humor macabro y situaciones absurdas, de la que esta película es pariente cercano.

La acción se fija en una zona costera del Pas de Calais y a principios del siglo XIX, y trata de esbozar un retrato chocante y caricaturesco de dos familias, una de la alta burguesía y otra de la más baja estofa… La primera interpretada por grandes y reputados actores y la otra por paisanos como arrancados a golpe de azada de algún melonar cercano.

Si bien el argumento transita entre la graciosa descripción de una ridiculizada «clase alta» y lo grotesco de las costumbres gastronómicas de los Bréfort, familia de pescadores que se comen al vecindario mediante el sutil arte de la caza a garrotazo, no es imposible divertirse con la historia gracias a la gracia de Fabrice Luchini y su caracterización del patriarca burguesote y tonto de capirote, que ayuda a pasar el trago de esta comedia andrajosa que le permitirá a Dumont ser reprobado y vituperado por los amantes de su soporífero cine anterior, pero también disfrutado, o algo así, por quienes buscan lo burlesco y surrealista. Y una intriga policial gruesa que molestaría a Hercules Poirot.

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