Goodbye Berlin (***): Elogio de la edad difícil

Con un punto de leyenda, los protagonistas descubren una improbable amistad eterna

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Unos caminos por explorar, un verano y dos adolescentes en la flor de la vida. Mientras exista el cine se seguirán rodando películas de carretera e historias de iniciación, que por lo general ocurren cuando las aulas están cerradas y los adultos, dispersos. Fatih Akin, que aún vive de los réditos de títulos tan potentes como «Contra la pared» y «Al otro lado», encuentra para su aventura a dos chavales atípicos. El protagonista es de buena posición, pero sus padres están separados y su madre es alcohólica. Enamorado de la chica inalcanzable, su vida se despeña. El segundo, Tschick (da nombre al título original, «traducida» con picardía comercial) es un inmigrante ruso de aspecto y maneras poco recomendables. Su mayor virtud cinematográfica es que lo desconocemos casi todo sobre él. Aún no sabemos si es raro o misterioso.

Así, con un punto de leyenda, los protagonistas descubren una improbable amistad eterna. Roban coches y viven aventuras que nos pondrían los pelos de punta si compartiéramos con ellos unas gotas de sangre. Son seres marginales, pero la mezcla de géneros infalibles y el oficio del director hacen que prenda la chispa de la magia. Se sugieren asuntos más trascendentes, como el mestizaje, la familia y la educación, pero lo que importa es el ahora de un momento único, esa anticipación de la nostalgia que nos lleva a evocar las historias que todos llevamos dentro. Solo el arte puede hacer eso.

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