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Crítica de «A estación violenta»: Ni fríos ni calores

«Adapta la novela del mismo título de Manuel Jabois, con algo más que síntomas de autobiográfica»

Escena de «A estación violenta»
Escena de «A estación violenta»
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Es la primera película larga de Anxos Fazáns, aunque también es corta (poco más de sesenta minutos) y aunque (o pero) se haga larga. Adapta la novela del mismo título de Manuel Jabois, con algo más que síntomas de autobiográfica: el protagonista, el personaje central, es un escritor llamado Manuel, al que la cámara sigue en su azaroso, rutinario y deprimente día a día entre los colocones, las resacas, las birras y algo de escritura. Y lo sigue un poco a lo Gust Van Sant, con ese sopor con el que seguía al Kurt Cobain de «Last Days».

La película arranca sobre la espalda de Nerea Barros y en una escena del ¿feliz? pasado, y continúa con algunas sorprendentes elecciones de cámara, negrura fotográfica y espesura narrativa. «A estación violenta» habla sin frío ni calor del presente angustioso de unos personajes terminales, una pareja que vuelve, el pozo en el que vive Manuel y algunos retazos de relación entre ellos que deberían producir nervio emocional en el espectador, pero con la impresión de que están como impermeabilizados y apenas dejan traspasar sentimiento o cercanía. Se puede sospechar que hay literatura dentro, pero tampoco logra transmitirla. Lo único que conecta con el más acá es la potente interpretación de Nerea Barros.

Dirección: Anxos Fazáns. Intérpretes: Xiana Arias, Xosé Barato, Nerea Barros