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Crítica de Déjate llevar: Primavera en otoño

Esta comedieta se sostiene casi exclusivamente sobre el placer de ver a Toni Servillo

Escena de «Déjate llevar»
Escena de «Déjate llevar»
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La comedia italiana que añoramos cada vez que pillamos algún título por azar en algún canal de la «red profunda» dependía sobre todo de sus actores, como la española. Una casta aquella, la de Sordi, Tognazzi, los dos Vittorios y hasta Totó, que ni el poético Moretti ni el cargante Benigni pueden aspirar a renovar. Sí podría hacerlo Toni Servillo, veterano astro de la escena que descubrimos con «La gran belleza» o «Il divo», pero que es capaz de redimir levedades del tipo de «Viva la libertad» o esta otra comedieta que se sostiene casi exclusivamente sobre el placer de verle.

Servillo es un psicoanalista que detecta en sus pacientes esa «ausencia estructurante» que les amarga la vida pero no la percibe tanto en la suya propia.

Lo que se cuenta aquí es el proceso por el que recupera el placer de vivir, aun a costa de perder su dignidad de profesional asentado que vive puerta con puerta con una «ex» más cariñosa que muchas legítimas; vamos, que no le va mal del todo. Y decía casi porque hay que mencionar a una estupenda Carla Signoris, la «ex» discreta y elegante hasta en los reproches que lanza al egoísta Servillo. Y, desde luego, a Verónica Echegui que es lo contrario, un torbellino de vitalidad que le remueve los músculos y las telarañas mentales al freudiano. Es un papel tópico de española (como el artículo ese del «Times») pero Echegui, que ya demostró su vis cómica en aquella película del karma (de título demasiado largo para citarlo aquí, que cuenta cada espacio), consigue el pequeño milagro de que no se hunda en el tópico o el desmadre. Lo mismo no puede decirse del argumento de la función.