Crítica de Corazón puro: Iniciación total

El cambio de ritmo es tardío e injustificado, pero siempre nos podremos encomendar a la pureza de los corazones

Escena de Corazón puro
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En su primera película, la joven Selene Caramazza ganó el premio como mejor actriz en Sevilla. Es también el debut como director de Roberto De Paolis -galardonado en Múnich- y el primer gran papel de Simone Liberati, cuyo reconocimiento en algún otro festival no caería por sorpresa. Los tres derrochan frescura, pasión y autenticidad, principales virtudes de una historia que, sin embargo, no termina de llegar a la meta a lomos de su errático guión. Hasta cinco escritores, incluido De Paolis, colaboran en el libreto de este «Corazón puro», que puede y seguramente debe verse con indulgencia, aunque solo sea por la sinceridad de sus intenciones. Es difícil obviar, pese a todo, su paso inseguro, la frágil estructura y la inconsecuencia de los actos de sus protagonistas.

Los dos personajes principales y casi únicos con algún peso son Agnese, una adolescente de 17 años que se plantea hacer un voto de castidad, y Stefano, un joven de 25 que intenta rehacer su vida como vigilante de un aparcamiento surrealista. Los detalles de dicho trabajo darían para una serie completa, de carácter tragicómico, pero aquí eso no es demasiado relevante y sirve más como elemento de distracción. El caso es que el candor de la chica doma el espíritu salvaje, que a su vez supone una irresistible y previsible tentación. Son dos fuerzas casi antagónicas, que se funden sin estruendo gracias al milagro del amor. Todo ello se cuenta despacio, como con cuidado de no pisar la línea recta entre las escasas anécdotas del guión, hasta que los acontecimientos se precipitan en un final abrupto. El cambio de ritmo es tardío e injustificado, pero siempre nos podremos encomendar a la pureza de los corazones.

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