El amante doble (**): Sin sentido y con sexibilidad

A falta de otro enganche emocional con el relato, uno puede admirarse del elogio de los cuerpos sin colesterol que Ozon reparte en sus bellos cuadros como naipes en el tapete

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Con un ojo en la novela de Joyce Carol Oates y con otro en lo sudoroso del cine de Brian De Palma, Verhoeven o Cronenberg, el cineasta François Ozon arranca con fórceps y un primer plano de una vagina esta historia delirante que alcanzará ya hacia el final las más altas cotas del desvarío.

Es un thriller erótico y psicológico, visto desde la perspectiva de Chloé, una joven y bonita (título de la anterior película de la impresionante Marine Vacth con Ozon) que se enamora de su psicoterapeuta y que, tras animadas sesiones de gimnasia sexual, empieza a sospechar en él una doble vida… Sin entrar de lleno en la masa argumental, que se pega a los dedos como un donuts rechupeteado, la historia entra en los juegos malévolos de la figura del doble, del gemelo o de la personalidad contradictoria, y mientras los cuerpos se retuercen en las múltiples y variadas escenas de encontronazos sexuales (bellamente filmadas, con un obsesivo ojo por lo «cool» y el «cul»), también se retuercen las ideas en la cabeza del espectador, que busca el hilo en el argumento como un perrillo su cola.

A falta de otro enganche emocional con el relato, uno puede admirarse del elogio de los cuerpos sin colesterol que Ozon reparte en sus bellos cuadros como naipes en el tapete, y admirarse también del esfuerzo físico y actoral de la pareja, especialmente el de Jérémie Renier por ser dos cosas distintas y ninguna.

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