Críticas de Cine

«Alien: Covenant» (***): Androides que sueñan con Aliens mecánicos

«Covenant» adecúa el discurso grandilocuente y metafísico de «Prometheus» y rebaja la atmósfera terrorífica e irrespirable de «Alien, el octavo pasajero»

Imagen promocional de «Alien: Covenant»
Imagen promocional de «Alien: Covenant» - ABC

Cuando Ridley Scott hizo «Alien, el octavo pasajero» en 1979, probablemente ni sospechaba que pasaría el resto de su vida a bordo de esa aventura galáctica, dándole forma, sentido, profundidad y casi teología a lo que entonces se vio como la más sorprendente y genial fusión del género de terror y de la ciencia ficción. Construyó las bases de un universo estético (junto a los más grandes diseñadores y creadores del género, desde H.R. Giger hasta Jean «Moebius» Giraud) que aún le hacen rechinar los dientes a cualquiera frente a una gran turbina humeante, un pasillo en sombras y con goteras o un ascensor cargado de hierros.

En el año 2012, Ridley Scott le dio continuidad a su «Alien» (tras múltiples secuelas firmadas por prestigiosos directores) mediante la coppoliana fórmula de llevarse la historia hacia atrás en «Prometheus», la nave de exploración espacial que encontró esa especie alienígena cuyo letal individuo armaría ese desastre aterrador en la nave Nostromo de aquel primer «Alien». Esta segunda parte, que explicaba en cierto modo (le añadía pretendida espiritualidad a lo que luego sería puro terror) los hechos posteriores, y mostraba un personaje espléndido, el androide David, que interpretó con espectacularidad y mucho aderezo Michael Fassbender

Y en este punto de la historia, entre el viaje de Prometheus y el de Nostromo, Ridley Scott ha visto oportuno introducir una nueva aventura a bordo de otra nave, Covenant. Y es la que se estrena con la intención de darle perfección circular a la lucha del ser humano por no extinguirse y a la de esa implacable especie alienígena por destruirla… Aunque, dicho sea de paso, aún deje algún resquicio Ridley Scott por si quisiera abrirle otra ventana a esta multiplicadísima saga. Un final con más signos de interrogación que de admiración, lo cual produce el malestar de las cosas no acabadas, ni bien ni mal, y un pensamiento aunque sea fugaz: «No más Alien, por favor».

En resumen, tenemos tres viajes de exploración espacial a bordo de tres naves, Prometheus, Covenant y Nostromo, capitaneadas todas ellas (o la aventura, al menos) por Noomi Rapace (la arqueóloga Elizabeth Shaw), Katherine Waterston (la científica Daniels) y la insuperable Sigourney Weaver (teniente Ripley)… Y en todos esos viajes se repite el encuentro con ese endriago sanguinario que irá ganando fuerza, amoralidad y tamaño a medida que pasan las películas: ninguno es tan terrorífico y brutal como el de «Alien, el octavo pasajero», donde termina la serie, al menos la de Ridley Scott y al menos por ahora.

Situado cronológicamente este «Alien: Covenant» entre los dos títulos de la serie, se puede decir también que igualmente queda entre ambos en lo que respecta a sus propósitos estéticos y argumentales: asume y modela la trama reflexiva, científica y ética de «Prometheus», y no renuncia a alcanzar los niveles de acongoje en el espectador que lograba la partida mortal entre Alien y la teniente Ripley (cosa que busca, sí, pero que está lejos de encontrar: nadie sufrirá por Katherine Waterston, más bien sosita, lo que penó por aquella Sigourney Weaver que miró cara a cara, y casi tan en bolas como él, a ese Alien invulnerable y corrosivo).

En realidad sólo hay un elemento añadido y que ha adquirido cierta complejidad dramática en las dos últimas películas, que es la presencia en la trama del concepto androide: en esta aventura aquel David que interpretaba Fassbender en «Prometheus» se convierte en Walter, una versión humanoide mejorada y que le permite a Ridley Scott llevarse el auténtico duelo de esta película al terreno de la robótica: los dos caracteres de Fassbender, tanto el de David como el de Walter, son los mejor elaborados para las reflexiones que propone sobre la moral, todo ese grumo de pensamiento y comportamiento que solo concebimos en el ser humano, y que aquí es trasplantado a lo puramente antropomórfico. Hay más pasión en la lucha por la supervivencia entre los dos androides, entre sus dos códigos éticos, que en la de unos patosos humanos frente a esa malformación genética que son unos alienígenas que dan más asco que miedo, muy lejos de aquel que a punto estuvo de zamparse a la teniente Ripley.

A diferencia del primer y último «Alien», que transcurría enteramente en el interior de la nave Nostromo, y salir de ella vivo era el único objetivo de tripulantes y espectadores, en «Alien: Covenant», como en la anterior, hay una intención de la historia en llevarse la acción fuera de la nave; aquí, a un planeta lejano que ofrece ciertas posibilidades de vida para una tripulación y un pasaje con la misión de instalarse y colonizar un nuevo mundo. La claustrofobia, que era lo que se sentía, además de un miedo atroz, a bordo del Nostromo, aquí es sustituido por otros elementos del cine de terror que no son tan efectivos.

«Alien: Covenant» rebaja o adecúa el discurso metafísico y grandilocuente de «Prometheus» y rebaja o adecúa la atmósfera terrorífica e irrespirable de «Alien: el octavo pasajero»; es una película visualmente magnífica, que ocupa por completo los cinco sentidos del espectador mientras está frente a ella, y que no debería defraudar a nadie…, bueno, a nadie que no sufra espasmos de horror y de absoluta admiración sólo con recordar al Nostromo.

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