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«15:17 Tren a París»: El penúltimo tren de Clint Eastwood

No es posible obviar que el reino de Clint ya no es de este mundo. Aquí filosofa sobre la vida y la muerte. Se pregunta demasiado alto nuestra misión en la Tierra

Escena de «Tren a París», con uno de los protagonistas desplegado en el frente en uno de los flashback que plantea Eastwood
Escena de «Tren a París», con uno de los protagonistas desplegado en el frente en uno de los flashback que plantea Eastwood
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Es imposible ver esta película sin recordar (¿añorar?) la carrera y la edad de Clint Eastwood, al igual que algunos no pueden apreciar su obra, gigantesca, velados por sus aficiones bélicas o armamentísticas. La injusticia y la falta de perspectiva impiden a muchos entender que no hay actor más grande detrás de una cámara... con lo que abulta delante. A sus 87 años, el viejo cineasta tiene energía para narrar un acto espontáneo de heroísmo. Su tren a París, quién sabe si el último, contiene escenas a la altura de su talla. Eso es tanto...

Tampoco es posible obviar que el reino de Clint ya no es de este mundo. Aquí filosofa sobre la vida y la muerte. Se pregunta demasiado alto nuestra misión en la Tierra y nos responde que siempre podemos mejorar las cosas, actuar cuando es preciso sin cruzarnos de brazos. Él mismo acierta cuando tiene que narrar con concisión -en una versión terrenal, o menos aérea, del vuelo «United 93» de Paul Greengrass- y divaga cuando no hay un guionista para alegrarle el día. Ahí se le notan demasiado las ganas de dejar un mensaje, cuando su auténtico legado es una filmografía impresionante.

En la escritura vuelve a confiar en la guionista de «Sully», Dorothy Blyskal, quien titubea con la estructura, aunque quizá sea una decisión de montaje. El caso es que alguien decidió alterar la narración lineal y «hacer un Iñárritu». Al mexicano le suele salir bien su falta de confianza en el orden natural, pero en el cine de Eastwood, tan cristalino, el invento tiene tanto sentido como colar un alienígena. La cosa es leve, pero lastra el ritmo al principio, por no hablar de su afición woodyallenesca a hacer turismo en Europa. Luego está la dirección fantástica de unos actores que ni siquiera lo son y la magistral manera de colocar la cámara donde menos molesta. Disfruten de lo bueno de Clint, porque no puede quedarnos mucho.

[«15:17 Tren a París»: Un Eastwood de tapadillo]