Mayte Alcaraz

Verano del 97

Veinte años después Diana es el recuerdo extravagante de una época

Mayte Alcaraz
Actualizado:

En el verano de 1997 los españoles vivíamos bañados en lágrimas. Las más dolorosas las derramábamos en julio con el asesinato de Miguel Ángel Blanco. Sucedían a otras vertidas de emoción cuando la Guardia Civil liberó a Ortega Lara. También en ese verano se fue de la política Felipe González, al que algunos socialistas lloraron maliciándose el fin de un PSOE que no volvería. Entonces, un mito del deporte, Miguel Indurain, decía adiós dejando huérfanos a muchos siesteros a los que solo Miguelón había logrado desvelar con sus hazañas ciclópeas.

Pero en los estertores de ese caluroso estío, hace veinte años, otro suceso acabaría por marcar esa fecha como inolvidable: la muerte retorcida en hierros de una chica tímida y voluble que, a codazos, se había hecho con un hueco en el corazón de muchos británicos rivalizando con una de las dinastías más importantes de Europa, la de los Windsor. La princesa Diana había intentado sobrevivir, entre lujos, novios forrados y portadas del Hola, al desamor de un marido que quería a otra, para terminar trágicamente huyendo de los mismos paparazzi a los que debía el haber sido entronizada en el papel cuché como ningún otro miembro de Familia Real consiguió.

Ayer hicieron veinte años de su muerte en el paso subterráneo parisino de L’Alma. Debo confesar que yo fui una de las jóvenes europeas que empaticé con la protagonista de aquel cuento de hadas. Retirada de los focos Carolina de Mónaco tras la muerte de Stefano Casiraghi, la esposa del príncipe Carlos la sustituyó como icono de la moda y de la sociedad europea. Su boda en Westminster dieciséis años antes congregó a millones de personas ante el televisor, los mismos que luego siguieron con avidez de espectador de telenovela cada episodio de aquel cuento, el annus horribilis de la Corona, el divorcio y el pulso que le echó a la Monarquía. Reconozco que pronto se me cayó el mito de la inocente joven pisoteada con la bota del poder de una Reina. Su abuso del diván televisivo, su frívola utilización del papel de abandonada, hoy rememorados en los documentales de la efeméride, dibujaron un perfil incompatible con una posición regia a la que con toda pompa, circunstancia y probablemente orgullo personal, se comprometió.

La siempre exquisita Monarquía británica gestionó con torpeza una situación para la que probablemente no estaba preparada. Muchos le impartieron la extremaunción. Porque Diana consiguió trazar una línea infranqueable entre ella, la joven madre humillada que luchaba por acabar con las minas antipersona y se asía del brazo de Teresa de Calcuta para consolar a los enfermos, y el frío y altivo Buckingham Palace. Su propia muerte violenta y envuelta en misterio se convirtió en póstuma venganza contra su exfamilia. Teorías conspiratorias sobre el accidente inundaron los tabloides británicos y con "The Queen", el cine propinó un cachete a la Reina y un último tributo a la Princesa, al retratar la explosión sentimental del pueblo que obligó a Isabel II a bajar de su atalaya para reconocer la figura de su nuera.

Pero las instituciones si son sólidas lo son para siempre. Veinte años después, Diana es solo un recuerdo extravagante y la Corona británica sigue firmemente enraizada como símbolo de la perpetuidad de una gran nación. Todo ha vuelto a su lugar tras ese 31 de agosto de 1997: la ya nonagenaria Reina sigue en pie con una popularidad inmarchitable; el Duque de Edimburgo, amortizado ya, esperó para retirarse a recibir en Londres a los jóvenes Reyes de otro viejo país europeo –el nuestro– mucho menos orgulloso de sí mismo; el marido se terminó casando con la mujer de sus sueños; y el hijo mayor de Diana encontró –él sí– a la compañera perfecta con la que subirá al Trono. Y por si fuera poco, y gracias a un frívolo exprimer ministro, se van de la UE como si abandonaran un aburrido partido de polo.

Mayte AlcarazMayte AlcarazArticulista de OpiniónMayte Alcaraz