Edurne UriarteSeguir

Las tres lecciones del podemita francés Edurne Uriarte

Los ciudadanos harán lo que les dé la gana, independientemente de la posición mayoritaria de los líderes periodísticos

Le Figaro lo bautizó como el "Chávez francés", se llama Jean-Luc Mélenchon y va camino de tener el mismo éxito en Francia que Podemos en España. No nos preocupaba demasiado hasta hace unos días, hasta que una encuesta de Sofres lo situó en tercer lugar de intención de voto para la primera vuelta de las Presidenciales, por delante de Fillon. El lunes, otra encuesta de OpinionWay lo ha enviado de nuevo al cuarto lugar (Macron y Le Pen, empatados con un 22%, seguidos de Fillon, con un 21%, y de Mélenchon, con un 18%), pero lo cierto que es que, con esas intenciones de voto, cualquier cosa es posible, incluso que pasen los dos extremistas a la segunda vuelta.

La primera lección del ascenso del podemita francés es obvia: la ola de antipolítica alimentada por casi todos en los últimos años, no sólo por los extremistas, está dando resultados en todas partes. Las críticas brutales, la ridiculización, incluso el acoso a los partidos políticos tradicionales y a los políticos tenían que tener consecuencias y las tienen. Si casi todos compran el discurso populista de que los partidos políticos son nidos de corrupción, de que no hay ética en la política, de que todos los políticos se presentan a las elecciones para medrar y hacerse ricos y de que usan las instituciones para engañar y robar a los ciudadanos, el resultado es éste. Dos candidatos populistas y extremistas que suman un 40% de intención de voto y que les dicen a los ciudadanos precisamente eso, que el Estado y los partidos tradicionales abusan de ellos y que ahí están Le Pen y Mélenchon para "devolver el poder al pueblo".

La segunda lección es más compleja y se refiere al diferente trato dado a los dos extremistas. En la prensa francesa, como en la española, está muy claro que Le Pen es una "ultra" y un "peligro para Francia" y para Europa, insisten en calificarla de "extremista" además de populista, y su partido, el Frente Nacional, es siempre un partido de "extrema derecha". Sin embargo, Jean-Luc Mélenchon y su Francia Insumisa, lo mismo que antes su Frente de Izquierda, son "izquierdistas", jamás "ultras", y sólo en un sector minoritario, de "extrema izquierda". Le Figaro hacía ayer lo que ningún medio de izquierdas había hecho con Le Pen, lo daban por supuesto, preguntar a sus lectores en una encuesta en la web si consideraban que Mélenchon es de extrema izquierda. A primera hora de la tarde, un 80% de los internautas decía que sí, claro está, que es de extrema izquierda, pero la noticia es que haya que preguntarlo. Y que nadie lo pregunte cuando se trata de Le Pen.

Es lo que Michael Ignatieff llamaba "el derecho a ser escuchado" en su brillante Fuego y cenizas. A Le Pen se le niega el derecho a ser escuchada, por ultra y extremista, pero a Mélenchon se le otorga el derecho a ser escuchado, porque lo suyo sería una movilización de "rebeldes" e "insumisos". Claro que el derecho a ser escuchado tiene una relación menos clara de lo que parece con el voto, y ésta es la tercera lección de las elecciones francesas. La tentación de explicar esa temible intención de voto al ultraizquierdista Mélenchon por el buen trato de los medios de comunicación, el derecho a ser escuchado, contrasta con la intención de voto aún mayor de la ultraderechista Le Pen, a pesar del maltrato mayoritario en los medios. Es decir, los ciudadanos harán lo que les dé la gana, independientemente de la posición mayoritaria de los líderes periodísticos, y eso va a incluir en Francia un inquietante apoyo al populismo extremista, de un lado y de otro.

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