Isabel San SebastiánSeguir

En tierra de nadie Isabel San Sebastián

Me opongo con igual vehemencia a los dogmas del pensamiento políticamente correcto y al ultranacionalismo de Trump

Me declaro huérfana política. Apátrida ideológica. Cada vez más marciana en este mundo polarizado entre extremos enfrentados igual de repugnantes a mis ojos. Soy feminista, siempre lo he sido, porque estoy convencida de que las mujeres, también las que somos o quieren ser madres, merecemos las mismas oportunidades, los mismos derechos e igual trato que los hombres, cosa que dista mucho de ser una realidad. Precisamente por eso, por ser mujer, madre y feminista, defiendo ardientemente la vida de cualquier ser humano, incluidos los no nacidos y hasta los peores delincuentes. Lo cual me lleva a oponerme con todas mis fuerzas al aborto y la pena de muerte.

Soy patriota, quiero profundamente a España, un país maravilloso, pero no lo considero el mejor sobre la faz de la Tierra ni tampoco, desde luego, el peor. Solo el mío. Y me gusta verlo integrado en el seno de la Unión Europea, compartiendo un espacio común en el que la circulación es libre, como lo son el trabajo, las opiniones, las creencias y el comercio. He aprendido de la Historia que las barreras proteccionistas acaban causando conflictos, al igual que el nacionalismo y los totalitarismos de uno u otro color.

Soy liberal. Creo con toda mi alma en el individuo por encima de la masa, llámese esta clase social, etnia, religión, partido, nacionalidad, tribu o cualquier otra forma de agrupamiento reduccionista. Dicho esto, rechazo una sociedad de «ganadores» y «perdedores» en la que el débil sea marginado y abandonado a su suerte. Me parece indispensable el colchón del Estado del bienestar, especialmente en materia de sanidad y educación, con límites que distingan entre la necesidad real y el abuso.

Me opongo al cierre de fronteras tanto como al «papeles para todos». ¡Claro que debemos filtrar a los demandantes de asilo susceptibles de representar una amenaza! De ahí a quebrar la tradición secular de brindar refugio a los fugitivos de una guerra, empero, dista un trecho evolutivo que no estoy dispuesta a salvar, aunque solo sea porque millones de españoles y europeos fueron refugiados hace pocas décadas y no se les cerraron las puertas.

Soy agnóstica de familia cristiana. Prefiero mil veces el credo tolerante en el que me eduqué a las enseñanzas del islam, donde todos los asuntos son de dios, un dios ferozmente machista, y nada se deja al César. Me parece muy injusto, no obstante, tildar a cualquier musulmán de presunto terrorista, por más que eche en falta con cada atentado de Daesh una condena más enérgica de los que se dicen practicantes de una «religión de paz».

Detesto la violencia. Es contraria a mi concepción de la vida. Sin embargo, no creo en el apaciguamiento como modo de combatirla. Al terror y la intimidación se les planta cara con valor, con dignidad y con justicia; no se inclina la cabeza ante ellos en señal de sumisión cobarde.

Resumiendo. He luchado contra la mayoría de los dogmas que impone el pensamiento políticamente correcto encarnado por Obama: derecho al aborto, ideología de género, diálogo apaciguador frente al terrorismo o la dictadura, inmigración ilimitada, renta básica, etcétera. Con la misma vehemencia me opongo a las «fórmulas mágicas» recetadas por el ultranacionalista Trump como remedios para la crisis: el proteccionismo xenófobo, la chulería en las formas, la conversión del vecino en un enemigo a humillar, el «primero los americanos». Frente a estas posturas, igualmente dañinas, yo invoco la sensatez, la dignidad, el pluralismo y la libertad como herramientas de progreso. Lo dicho; soy marciana.

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