Teutonia versus Kakania

Viena se alinea con Mitteleuropa frente a Berlín

Hermann Tertsch
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Los cocheros del Fiaker, de la tradicional calesa de Viena, solían ser del barrio de Ottakring que cultiva un dialecto propio dentro de lo que es el vienés, una críptica y sandunguera perversión de la lengua alemana. El cochero negocia con el turista alemán en un diálogo en el que solo el primero sabe qué se dice. Porque el vienés entiende al alemán, pero el alemán a él solo lo que él quiera dejarle entender. El vienés siempre se cree más listo que el alemán. Incluso cuando ha matado por ser parte de Alemania. Es un sentimiento que compensa la incómoda sensación de tener un hermano demasiado grande, demasiado fuerte y demasiado torpe. El listo no tiene raza pura sino puro cruce como muestra la ensalada de nombres de la guia de teléfonos de Viena.

Prueba de que son más espabilados, dicen, es que convencieron al mundo de que Hitler era alemán y Beethoven austriaco. Cuando es al revés. Es cierto que Beethoven nació en Bonn, pero hizo su carrera y su obra fundamentalmente en Viena. Hitler nació en Braunau, cerca de Linz, pero en Austria no fue más que un miserable suboficial y un vagabundo. Tuvo que irse a la marcial y estirada Teutonia a lograr un terrible triunfo que nunca había tenido en relajada y descreída Kakania. Eso sí, cuando triunfó en casa del vecino grande y rico, Austria recibió al hijo despreciado con entusiasmo digno de mejor causa.

Kakania puede ser algo pretenciosa. Y no dan ningún miedo. Pero cuando Teutonia se pone soberbia se asustan hasta las piedras. Los austriacos nunca se han tomado ellos en serio, ni cuando eran un gran imperio desde Silesia a Dalmacia y Lombardía. Los alemanes se toman tan en serio que obligan a los demás a hacerlo. Y Teutonia vuelve a estar arrogante. En otoño del 2015, su canciller violó todas las leyes y convenciones habidas y firmadas y abrió, porque sí, sus fronteras a todos los extranjeros de fuera de Europa. Lo hizo al grito de «Wir schaffen es», con énfasis en el Wir. «Nosotros lo conseguimos». Es la versión laica del «Gott mit uns» de las hebillas con las que se quiso conquistar el mundo. O del «Deutschland über Alles», como rezaba una estrofa el himno que se tachó para fingir modestia después de que su soberbia fabricara un infierno.

Ahora Alemania vuelve a ser la patria de los que se creen los más buenos, ergo: los mejores. Buenismo de la izquierda global con idealismo alemán es una combinación terriblemente indigesta. Vuelven a querer salvar el mundo y creen que deben obligar a todos a participar en tan gran obra. «Am deutschen Wesen soll die Welt genesen» significa ni «La esencia alemana ha de sanar al mundo». El romanticismo alemán está lleno de esas ocurrencias. Así, Berlín ahora regaña a Polonia y a Hungría, a Eslovaquia y a Chequia porque no quieren ayudar a acoger a todos los refugiados del mundo que Merkel, sin consultar a nadie, invitó a venir. Alemania se enfada. No, no va a invadir otra vez estos países, pero sí amenaza con castigarlos porque no quieren llenar sus ciudades de musulmanes. En esta situación fue Sebastian Kurz el jovencísimo nuevo canciller de Kakania a visitar Teutonia. Políticos y medios teutones lo recibieron con ataques a su gobierno de derechas de ÖVP y FPÖ. Kurz, como un cochero de Fiaker, les explicó en perfecto alto alemán por qué Austria comprende tan bien a Polonia y Hungría, Chequia y Eslovaquia. Porque Kakania es modesta y el corazón de Mitteleuropa. Sabe que esa inmigración sin medida ni pausa destruirá convivencia y democracia. Kurz triunfó en Berlín y cada vez más teutones son forofos de Kakania.

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