La Tercera de ABC

Terrorismo

«Éste es el fracaso más rotundo de la Unión del Pueblo Navarro, el partido nacionalista de uno de los reinos más antiguos de la Península y último en incorporarse a la Corona española. Quieres fundaron ese partido no debían saber que el nacionalismo es un tigre que devora a cuantos tiene alrededor»

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Vuelve al primer plano de actualidad cuando creíamos haberlo desterrado de la escena política y de la vida diaria de los españoles. Me refiero al terrorismo, ese cáncer de las sociedades y espada de Damocles sobre la cabeza de los ciudadanos. Con polémicas sobre él en la calle, los tribunales, los medios de comunicación, las cátedras universitarias y las tertulias. Sin ponernos de acuerdo, tan distantes están las posiciones. Hay quien dice que el Gobierno Rajoy se está pasando al usarlo para cuantos problemas tiene, sea con la Justicia extranjera, con el separatismo catalán o con asuntos tan domésticos como las agresiones personales. Mientras otros advierten que estamos al borde de una nueva oleada terrorista, más amplia, más traicionera, más peligrosa por tanto, que conviene cortar de raíz para que no crezca y se extienda. Lo que exige un análisis a fondo.

Lo primero es fijar qué es el terrorismo. «Dominación por el terror. Sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror», lo define el Diccionario de la Real Academia. O sea, que sus ingredientes son el miedo y la violencia. En especial, del grado y tipo de esta última, pues hay también violencia psicológica, tan usada en las películas de Hollywood y en los divorcios norteamericanos, bajo el nombre de «crueldad mental». Pero el terrorismo exige violencia física, brutal, con sangre, heridos o muertos. Cuando más pública y espectacular, mejor, ya que no se trata de una violencia casual, del simple arrebato temperamental o precipitado, sino de algo mucho más calculado que incluye tanto la agresión planeada como la huida furtiva. Estamos, por tanto, en un caso extremo de violencia, que constituye un agravante de la misma. Con lo que alcanzamos su esencia, que no es la violencia en sí, que es sólo su medio, sino su último fin: amedrentar, causar pánico, lograr ese dominio de personas por el terror de que habla la definición académica. Hemos pasado la frontera de la agresión personal para entrar en el terreno de la guerra política, tanto o más cruel que la química, en busca de paralizar los cerebros y, con ellos, los cuerpos. Lo ocurrido en el País Vasco durante los «años del plomo», que podían ser llamados también de la «bomba lapa» o de los «secuestros» de personas más o menos relevantes, pero en cualquier caso que no compartían el ideario independentista, es el mejor ejemplo de terrorismo en gran escala, al no afectar sólo a individuos, sino también a todo un segmento de la ciudadanía que desaparece prácticamente de la vida social para llevar una vida lo más desapercibida posible, como pidiendo perdón por existir.

Con lo que tenemos ya enfocado el tema: terrorismo es la violencia más extrema, aplicada contra los semejantes con el afán de intimidarles y borrarles de la vida social

Es verdad que la violencia genera violencia de la parte agredida, por puro instinto de conservación, e incluso a veces es capaz de imponerse al agresor. Por desgracia, eso ocurre más como excepción que como regla y cuando la violencia ha devenido en terrorismo no ocurre nunca. Más, cuando se trata de terrorismo de Estado, con todos los medios de represión e intimidación a su alcance. La parte agredida busca entonces la forma de acomodarse a las intimidantes condiciones en que vive (sobrevive sería la palabra más adecuada), pues la inmensa mayoría de los humanos no hemos nacido para héroes y sólo una minorías selecta, para mártires. Dándose la paradoja de que entre los oprimidos surgen casos que ennoblecen a la especie humana, tanto de generosidad como de creación de todo tipo, como si las extremas dificultades espolearan a los espíritus creadores. Aunque también ha habido casos tristes de quienes se unieron a los opresores contra los suyos en busca de miserables beneficios materiales. La inmensa mayoría, sin embargo, se limita a ver cómo logra llegar a mañana.

Con lo que tenemos ya enfocado el tema: terrorismo es la violencia más extrema, aplicada contra los semejantes con el afán de intimidarles y borrarles de la vida social. Una especie de exclusión, de destierro, cuando éste ha caído en desuso. La estrella que los judíos fueron obligados a llevar en la Alemania nazi antes de ser enviados a los campos de concentración y exterminio era ya terrorismo. O sea, se trataba de un acto político. Y ahora sí que podemos hacernos la pregunta que plantea en el juicio de la Audiencia Nacional a los agresores de dos guardias civiles y sus novias en Alsasua, Navarra, y la que se hacen hoy millones de españoles: ¿fue terrorismo o no?

Si aplicamos los criterios expuestos al analizarlo, yo diría que sí. La violencia usada por los agresores fue de tal nivel que fue necesaria la hospitalización de los agredidos, sin que se salvaran sus dos acompañantes que intentaron protegerlos cuando estaban en el suelo indefensos ante los puñetazos y patadas que recibían de los asaltantes, muy superiores en número. Edurne Uriarte ha apuntado un aspecto colateral del lance: ¿no fue también agresión machista, violencia de género? Yo voy a dar un paso más allá y más arriesgado, al tratarse de un terreno pantanoso, y pregunto: ¿hasta qué punto no había en la agresión la furia del macho que ve como hembras de su tribu se van con quienes no pertenecen a ella? Ya sé que es especular, pero he visto en mi vida mucho instinto de este tipo, empezando por las violaciones de las mujeres enemigas por tropas asaltantes, para dejarlo en el tintero.

Lo que me lleva a una reflexión política tanto o más triste: éste es el fracaso más rotundo de la Unión del Pueblo Navarro, el partido nacionalista de uno de los reinos más antiguos de la Península y último en incorporarse a la Corona española

Aunque puede que lo más triste del episodio tenga lugar cuando ya ha pasado. Me refiero a las muestras de apoyo incondicional a los acusados por parte de la población local, con sus autoridades a la cabeza. ¿Dónde ha quedado la nobleza navarra? ¿A qué nivel ha descendido su ceguera ética y su cerrazón política? En vez de avergonzarse de lo que intentan presentar como «pelea de bar» (si esto pasa en los bares de Pamplona, mejor no acercarse a los sanfermines) o una gamberrada, por ser mucho más que eso, al ponerse como Fuenteovejuna tras aquellos que defendieron, no el honor de su pueblo, sino su barbarie. Lo que me lleva a una reflexión política tanto o más triste: éste es el fracaso más rotundo de la Unión del Pueblo Navarro, el partido nacionalista de uno de los reinos más antiguos de la Península y último en incorporarse a la Corona española. Quieres fundaron ese partido no debían saber que el nacionalismo es un tigre que devora a cuantos tiene alrededor, empezando por los que le hacen sombra. La UPN empezó marcando diferencias con España y ha terminado preso del nacionalismo vasco, con todo lo que ello significa de pérdida de identidad y aceptación de la violencia como arma secesionista legítima para ellos. El caso del que estamos hablando lo demuestra. Siendo una cruel paradoja que cuando ETA parece dispuesta a disolverse en Euskadi, planta sus tiendas en Navarra, que tiene ya acogotada. Como Cataluña, con los tristemente famosos Comités de Defensa de la República.

Una última observación. La copio de Helen Macinnes: «Los hombres que usan el terrorismo para alcanzar el poder utilizarán el terror cuando gobiernen». ¿Ejemplos? Todos los que ustedes quieran de un lado y otro del espectro político. El lobo no se vuelve nunca cordero. Lo siento por los navarros.

José María Carrascal es periodista.