David GistauSeguir

El tercero David Gistau

Patxi López parecía un consejero matrimonial que estuviera perdiendo la paciencia

Los debates electorales parecen más eficaces como espectáculo cuando se ajustan a la receta clásica de la narrativa: dos personajes y un conflicto. Cuando contienden candidatos en un número mayor, la propia trama del debate suele dispersarse. Esto venía ocurriendo durante todo el proceso de primarias en el PSOE con el tercer personaje, Patxi López, a quien no sabíamos muy bien dónde ubicar en un conflicto que dábamos por resuelto con ese antagonismo de Díaz y Sánchez que tiene todos los argumentos necesarios, incluido el del odio personal apenas mitigado en público por las cortesías. La socialdemocracia clásica, oficialista, cuya candidata está protegida y promocionada por todos los poderes intangibles y por la gran cabecera orgánica del progresismo, frente a otra socialdemocracia aventurera, experimental, montaraz, cuya capacidad mimética con los radicales proviene de la "quimicefa" doctrinal en la que explotó tubos de ensayo el loco doctor Zapatero. ¿Y Patxi López, cuya última impronta pública fue la de un presidente del parlamento sobrepasado por las circunstancias, por las pendencias y hasta por el reglamento?

Bueno, pues resulta que Patxi López tuvo un pequeño resurgimiento en el debate. No porque emergiera un líder providencial en el que nadie había reparado, tampoco vamos a exagerar, pues hasta su explicación del pacto de gobierno con el PP en el País Vasco fue tan mezquina como siempre: sigue insinuando que había que elegir entre PP y ETA y que, de ambas repugnancias, la del PP es menor. Pero jugó un papel representado escénicamente por su posición central entre dos formas arrebatadas de yoísmo que no han podido evitar quedarse atascadas en su propia discrepancia y que no contienen sino promesas de purgas crueles sobre el bando perdedor en esa falsa refundación del partido que será dirigida por el resentimiento sectario.

Hubo momentos casi divertidos en los que Patxi López parecía un consejero matrimonial que estuviera perdiendo ya la paciencia por un caso de odio doméstico –los Róper– especialmente enconado. Hizo el papel de sacerdote laico y curativo en la parroquia de la socialdemocracia, rota en cisma por las tensiones ramplonas de dos facciones en las que no se aprecia resto alguno de cualquier antigua brillantez fundadora. Tuvo incluso una reflexión acerca de que el PSOE debería aspirar a ganar como lo hizo históricamente que sin duda afea a quienes colocaron el debate en con quién ha el partido de llegar a acuerdos gregarios, como si ya no pudiera aspirar a otra cosa. En definitiva, potenció la imagen de Díaz y Sánchez como dos mediocres pendencieros cuyo único combustible es la inquina que se profesan: su única ambición de partido y de país es prevalecer sobre el otro.

El debate fue deprimente porque seguimos sin saber quién levantará en el PSOE un proyecto que impida a un PP corrupto hasta las trancas gobernar con contrato vitalicio gracias al miedo a Podemos. Pero al menos supimos dónde ubicar a López.

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