Edurne Uriarte

Yo también odiaba Eurovisión

Creíamos que eran productos para una minoría y resulta que los han elegido las grandes masas

Edurne Uriarte
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DICEN que Salvador Sobral, el ganador de este año, odiaba Eurovisión. Imagino que el verbo es periodístico, como mi titular, y que, a lo sumo, lo ignoraba o lo despreciaba. Por las mismas razones que yo, por esa sucesión interminable de mediocres canciones exactamente iguales que parecen compuestas por un programa de ordenador diseñado para llegar a un supuesto gran público. De la misma manera que las coreografías o la estética de los intérpretes. Por eso estoy tan asombrada por su triunfo como debe de estarlo el propio Salvador Sobral, porque se haya impuesto una bellísima canción completamente diferente a la fórmula de masas diseñada por el ordenador, con un cantante de aspecto tan antieurovisivo, y, para colmo de sorpresas, en portugués y no en el inglés del ordenador.

Si creyera en las conspiraciones, diría que ésta es otra maniobra de marketing para atraer al festival a todos los que lo abandonamos de adolescentes y aumentar aún más un éxito que ya posee. Pero como tiendo a creer más bien en el poder del público, ese triunfo de la belleza y de la diferencia me parece interesante para poner en cuestión algunos supuestos sociales sobre el comportamiento de masas, cuando se trata de consumo cultural, pero también político. O que no está tan clara esa habitual distinción entre las minorías formadas que optarían por la calidad y las mayorías menos formadas que elegirían productos menores. El gran público también elige la calidad, cuando tiene opción de hacerlo, como acabamos de ver con esta canción y con tantas y tantas creaciones artísticas en todos los campos. El problema está en el escaso número de las creaciones de calidad o las limitadas posibilidades de elección para el gran público como para el más formado.

Y esto no es incompatible con que mi filósofo de cabecera sea Ortega y Gasset y su "rebelión de las masas". No son contradictorias una cosa y otra, la presión para ser iguales que los demás y el miedo a la diferencia, lo que explica los productos exactamente iguales de Eurovisión, por ejemplo. Y, del otro lado, la capacidad de la calidad y de la diferencia para llegar a grandes masas, rompiendo de vez en cuando todas las barreras anteriores. Por eso nadie alcanza la fórmula del éxito, al menos para un tiempo prolongado. Porque la fórmula falla, cuando menos lo espera el del programa de ordenador.

Y pasa lo mismo en política donde hay una abusiva y poco fundada tendencia a suponer un comportamiento ignorante del gran público frente a las minorías ilustradas. Realmente, lo que se ha probado hasta ahora es lo contrario, que la inmensa mayoría de los ciudadanos sabe perfectamente lo que vota, tanto como las minorías. Y que también son capaces de optar por la diferencia o por la fórmula más inesperada. Ha ocurrido algo de eso, por ejemplo, en la elección de Macron en Francia. También canta bastante bien y toca el piano, pero lo interesante no es su posibilidad de hacer un dúo con Sobral, sino que su propuesta, su trayectoria ideológica y su biografía hacían poco imaginable hace dos años, incluso uno, que pudiera alcanzar el éxito de masas. No daba el perfil, como tampoco lo daba Salvador Sobral para ganar Eurovisión.

Ninguna fórmula conocida de éxito político de masas habría diseñado al elitista, osado y políticamente incorrecto Macron, como tampoco ninguna fórmula de éxitos eurovisivos habría creado al desgarbado, exquisito y poético Sobral. Creíamos que eran productos para una minoría y resulta que los han elegido las grandes masas. Hasta Ortega se habría sorprendido.

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