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Solo ante el peligro José María Carrascal

Rajoy tiene que contar con que nadie vendrá en su ayuda, pues todos quieren echarle

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, durante su comparecencia
El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, durante su comparecencia - EFE

SI la estrategia de Rajoy era mostrar la Cataluña de los independentistas, lo logró con creces. El debate en el Parlament incluyó todo tipo de desmanes jurídicos, excesos autocráticos y arbitrariedades procesales, faltando sólo los puñetazos para igualar los de las cámaras de países menos desarrollados. Se violó no sólo la esencia del debate parlamentario, basado en el respeto a las minorías, sino también las formas, y si en democracia las formas son tan importantes como el fondo, podemos decir sin temor a exagerar que la Cataluña surgida de tal bronca ya no es democrática. Repito, si eso era lo que Rajoy quería evidenciar, lo ha conseguido. Pero no menos es cierto que se aprobó el plan para independizar Cataluña, creándole una nueva legalidad, todo lo ilegal que se quiera, pero que para ellos es la única que cuenta. Rajoy ha respondido con toda la artillería, Tribunal Constitucional, Fiscalía General, Fuerzas de Orden público, consiguiendo nuevas invalidaciones del proceso independentista. Pero a los sublevados, llamémosles por su nombre, les trae al pairo, al considerarse ya bajo su propia jurisdicción.

De aquí al 1 de octubre veremos un forcejeo cada vez más intenso entre ambas legalidades o, más exacto, entre la legalidad vigente y la inventada. Si la primera tiene toda la fuerza de la ley, la segunda tiene la fuerza del que no reconoce el orden establecido. Con la Diada del próximo lunes vamos a presenciar una movilización callejera a lo largo y ancho de Cataluña para caldear el ánimo de tal forma que el referéndum del 1 de octubre tenga siquiera un éxito mínimo, votándose aquí y allá, en un templo, ayuntamiento o escuela. Les bastará para proclamar que han triunfado «contra la opresión del Estado español», no importa cuántos voten ni de qué manera.

Mientras Rajoy tiene que contar con que nadie vendrá en su ayuda, no importa lo que le prometan, pues todos están interesados en echarle, pese a sus éxitos económicos, o tal vez por ellos. Que Sánchez siga con la matraca del plurinacionalismo, cuando la amenazada es España como nación, y que Rivera pida «proporcionalidad» ante un golpe de Estado, indica la clase de ayuda que puede recibir. A su favor tiene que todos sabemos ya cómo será la República catalana en manos de quienes no respetan, no ya la legalidad internacional y española, sino la suya propia, empezando por el estatuto y terminando por el reglamento de su parlamento, junto a los letrados del mismo y los miembros del Consejo de Garantías Constitucionales, héroes de la noche, al intentar impedir que se consumara el democraticidio. En el extremo opuesto estarán los catalanes embaucados por los nacionalistas, para terminar en manos de los antisistema, representados por esa anciana que retiraba banderas españolas de las bancadas vacías del PP, que sólo aguardan el momento oportuno para engullirlos, sin siquiera condimento. Imagino a más de uno, hoy, diciéndose que no estaría tan mal que la Guardia Civil se quedase.

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